17 octubre, 2013

Vaivenes de amor






“El barco del amor”

Aun sabedora de que no embarcaba en su barco de amor, zozobró infectada y se ahogó en la pena.


“El tatuaje del amor”

(Para María Pérez y su hija)

Tu mirada es mi mirada, y el amor de las dos.


“Miradas de desamor”

Me miras, te miro y sonreímos lastimeros, apenas nada.


"El edificio del amor"

Se olvidó de que las columnas del amor no son materiales, ni mucho menos.


“Tristes cosas de amor”

Dijo que lo iba a querer siempre, ignorante de que la vida se come hasta la memoria.


“El cine de amor”

 Se besaban con inmenso amor hasta que se daban la espalda, sin saber el porqué, o sí.


“Brindis de amor”

Brindaban por el amor de los dos, hasta que llegaba la noche y otras palabras fusilaban el verdadero amor. 


“La arquitectura del amor”

 Equivocada, confundió la arquitectura de la vida con la arquitectura del amor, y así se le escapó para siempre.


23 julio, 2013

Publicado en el periódico Canarias 7





Título:        Antolín Dávila, novela existencial
Autor:        Nicolás Guerra Aguiar
Fecha:        20 de julio de 2013
 
 
Podría resultar desfasado en el tiempo, sin duda. Pero  al paso de las horas de dos tardes que fueron monólogos dialogados con asentimientos y muchas coincidencias, la conversación con el novelista Antolín Dávila me retrotrajo a cuarenta y dos años atrás, cuando en la vivienda lagunera  de José Antonio Luján volaron los tiempos nocturnos y los del alba mientras nos embelesábamos con la palabra de don Rafael Muñoz, dominico desterrado a la Universidad lagunera y sabio que nos llevó de la mano al pensamiento filosófico –existencialismo, Heidegger, Sartre…- semioculto hasta el momento en aquella distanciada Universidad donde años atrás brilló la docencia de don Emilio Lledó, maestro en la Filosofía, al que no conocí.

 Porque Antolín Dávila es escritor, pero filosofa existencialmente. Y es cierto que escribe, y su obra rezuma calidad –al menos la que conozco- porque sabe cómo hacer una novela, cómo escribir un relato, cómo enganchar al lector que lo desconocía (he de admitirlo, y lo lamento por mí) hasta hace poco. Y ese desconocimiento me desestabiliza incluso profesionalmente (a fin de cuentas, uno ejerció en el aula como profesor de Literatura) aunque ahora mismo ya no solo sé quién es, incluso físicamente, sino y sobre todo como apuntalador de palabras perfectamente ordenadas, de estructuras novelescas –las más de las veces, incluso noveleras- que responden a las puras esencias de la obra bien hecha, aquella que deja satisfechos a los lectores y al propio autor.

 Antolín Dávila habla de la libertad –más bien de su ausencia, incluso de su imposibilidad- cuando dialoga con sus personajes novelescos, algunos de los cuales me devolvieron a aquellos años, digo, de don Rafael Muñoz, el profesor de Filosofía (un rebelde dominico de razonamientos) que nos hizo pensar sobre la supuesta independencia del ser humano expulsado a un mundo agresivo en el cual ha de vivir el absurdo de su existencia.

 Así es, por ejemplo, Antuán, en absoluto trasunto o supuesto álter ego del propio Antolín en su novela Una rosa en la penumbra, tal vez uno de los más exquisitos personajes creados por él –por duramente existencial y angustioso-, al menos en lo que sé de su obra. Un protagonista que no es tal, por más que lo parezca. Porque –así se lo comento entre buchitos de café y ausencias de cigarrillos, pues estamos bajo techo- el personaje central de esta novela no es un ser vivo con un nombre, Antuán. Y Antolín coincidió conmigo en la valoración: todo gira en torno a los condicionantes externos que lo llevaron no sé si a odiar a la mujer-sexo-gemido-profesión (a fin de cuentas, su abuela y su madre), pero sí al menos a identificar a una -la besó a los cincuenta años- con la rosa blanca (pureza), fundamental elemento simbólico que nada tiene que ver con la rosa roja de Garcilaso –pasión-, la odorífera rosa alejandrina de Cairasco, la dorada quesadiana –realización plena- o la azul lorquiana –esterilidad-.

Al final, Antolín habla de los caminos machadianos para referirse a aquellas rutas que no logramos transitar porque “hay condicionantes que nos lo impiden”. En la vida –y esto es puro existencialismo- tomamos veredas, pero nunca accedemos al camino principal porque está rodeado de infinidad de rutas accesorias que nos impiden el arribo a la vía principal. (Si es que, le comento, esta existe.)

 Por tal razón, lo maravilloso de la escritura para él –y deja de ser el existencialista sereno, pura contradicción- es que el escritor puede manejar el mundo a su medida. Y por eso el narrador es autor no ya de ficciones o novelas. Es, fundamentalmente, creador. Y como tal –aunque crear se entienda como producir algo de la nada- el novelista inventa, recrea, satisface su mundo novelesco y es capaz –a veces por placer; otras, por necesidad vital- de manipular para distorsionar la verdad y regalarle al lector acciones y actitudes imposibles en la vida real. Aunque tal comportamiento, claro, le permita vivir. Pero, a la vez, sufrir todo lo que escribe.

 La realidad, pues, es manejable para Antolín Dávila. Y él ha pretendido llevarla incluso más allá de ella misma, es decir, des-realizarla para identificarla con la ficción, de tal manera que ambas se confundan y perfeccionen  -y esto no sé si es existencialismo- ante la complicación de las relaciones humanas.

 Tampoco sé si son los sesenta años de su vida o que sus primeras esencias fueron en San Mateo (llegó a conocer a los pájaros por el canto y por cómo hacen sus nidos), pero lo cierto es que tanto en las palabras que actúan tal barrancos de pensamientos como en sus silencios para buscarlas en la razón, Antolín Dávila emana seriedad, rigor, conocimiento exhaustivo de la vida. Y aunque le tiro de la lengua para que identifique la vida como pura angustia  existencial, eso lo deja para sus personajes, aunque no todos sufren la tragedia de su propia existencia.

 Quizás su desvinculación de movimientos y comportamientos grupales (le comento que también ahí nos identificamos) le hace ver la realidad tal como es, sin ficciones a pesar de su mundo fantasioso por novelesco. Y también quizás por su natural islamiento (acaso por algo de timidez o de libertad absoluta), nadie ha criticado al novelista, aunque puede opinarse de su novela. Y Una rosa en la penumbra, opino, es de las mejores que he leído entre las buenas  producciones aparecidas en Canarias. Porque no consiste en dar una nota, en ubicarla en un puesto de competiciones. Antolín Dávila es admirado por los nuevos y muy buenos escritores –la Generación del COU, por sus edades- que respetan en él su no ubicuidad estilística. Por eso lo invitan a actos comunes, y Alexis Ravelo y Santiago Gil –entre otros- lo valoran. Fue de los poquísimos novelistas ajenos a la hiperbólica voz narraguanche que consiguió (años ochenta) ser finalista en los premios Benito Pérez Armas, Ateneo de Valladolid y Pérez Galdós, títulos que además se publicaron, y gana en 1988 el Benito Pérez Armas de edición con El cernícalo, hoy reeditada… 

Pero como ya tiene sus años –por suerte, años significan calidad y producción novelesca-, también puede mirar hacia atrás. Y, como muchos jóvenes de su edad o los pollillos cuarentones de hoy, recuerda a Emilio González Déniz, el culpable de que Una orla para todos (1988) lo lanzara definitivamente a estas cosas de la escritura.

 Sí, es cierto. Antolín Dávila es pasión novelesca pero, a la vez, serenidad en la novelación. Tres horas de palabras ordenadas –a veces necesariamente apasionadas- dan para confirmar sospechas y fortalecer afirmaciones: cuando se reescriba sobre la novela en Canarias, Antolín Dávila ocupará el lugar que le corresponde. Y será de los primeros no por la D apellidal, sino por su obra. Una rosa en la penumbra, por ejemplo, será un título imprescindible. Y con razón, claro.

 

09 julio, 2013

Retazos VII




El taconeo

Un taconeo persistente se le acercaba cada vez más, y era la muerte, sin duda.


La nueva ilusión

Taciturno, miraba al horizonte en busca de la ilusión perdida, hasta que supo encontrarla.


La sinrazón

Cómo se perdió la pobre mujer envuelta en la sinrazón.


El niño y la vejez

Prendado de la sonrisa del niño, también se sintió niño, a pesar de su irremediable vejez.


Los amores perdidos

Minuciosa, archivaba las cartas de sus amores lejanos, tal vez intentando atrancar su memoria.


El hombre escaldado”

Escaldado, se limpiaba los hombros de tantas palmadas, descansando enseguida como un bendito.


El barco equivocado

Sabedora de su error, se embarcó con su tristeza en el olvido, hasta que llegó a zozobrar.


El adiós del amor


Dejó tirados los labios sobre la mesa y el corazón en el cubo de la basura, sin remisión.


23 junio, 2013

La mujer del pasillo de la gran recepción




El hombre fumaba, no se cansaba de fumar, en aquel pasillo antes de la recepción del gran hotel, transformando cada escena que se daba ante sí en un universo muy particular, el suyo, aunque condicionado por la realidad que se le presentaba ante sus ojos a cada instante, sin poderlo evitar.
            No hablaba con nadie, si acaso, entreverado por escenas diferentes, con el portero del hotel, un hombre mucho más joven que él ansioso porque iba a recibir a su primer hijo y de quien nunca supo si tuvo esa fortuna. Pero allí seguía, cumplidor con las reglas contra el tabaco, fumando y observando durante 6 días, a veces, si era por la mañana, después de tomarse un café en un bar cercano, buscando un rayo de sol para mitigar el frío mañanero.
            Ante sí pasaban los clientes del hotel, unos entrando y otros saliendo, algunos ya conocidos de días anteriores y otros recién llegados, o llegando arrastrando sus variopintas maletas, como aquella pareja ya bien conocida por el hombre fumador, ella una mujer joven todavía y él un sesentón de poco pelo, gafas de culo de botella y cara extremadamente feliz, porque se le notaba.
            —Vos me estás haciendo muy feliz. Nunca he vivido momentos como estos. Siempre te amaré y te llevaré conmigo: serás mi gran amor —alcanzó a escuchar el hombre fumador.
            El hombre sesentón puso cara de idiota y el hombre fumador agachó la cabeza para no verse sorprendido por la mirada de aquella mujer, la misma que, cada noche, lo acompañaba en el pasillo, antes de la gran recepción, a fumarse como mínimo un par de cigarrillos y a tratar de intimar con él.
            —¿Sabés que fumas como Humphrey Bogart? Me gusta mucho —le dijo aquella noche.
            —Ah, no lo sé: lo desconocía.
            —¿Lo hacés todo tan lindo?
            Insinuándose, con descaro, casi lo perseguía a lo largo del pasillo, pero el hombre fumador la evitaba, bien hablando con el portero del hotel bien alejándose hasta la calle, momentos que la mujer aprovechaba para coger el móvil y comenzar a hablar con otros hombres o alguna amiga a la que daba de merecer, porque decía estar divina con el hombre sesentón, a quien calificaba como un iluso más que hasta se creía que lo amaba y lo amaría siempre, y se carcajeaba sin compasión.
            —¿Por qué me rehúyes, Humphrey Bogart?
            El hombre fumador calló, mantuvo un mutismo absoluto y sólo inhaló el cigarrillo como si fuera su última bocanada de humo en la vida, no sin mirarla de arriba abajo con cierto desprecio.
            —¿Querés venir mañana a un asado? Me invitaron mis familiares, los muy casamenteros, que pretenden unirme a un fantasma y putero para quitarse de encima la carga de mi presencia.
            —No. Gracias —musitó apenas el hombre fumador.
            —Oye, que a mí no me importa entregarme a ese fantasma que me proponen, total, qué más da uno que otro.

            El hombre fumador no pudo más, apagó su cigarrillo estrujándolo contra el cenicero con rabia y abandonó el pasillo, adentrándose en la gran recepción del hotel, asqueado y sintiéndose engañado como si él fuera el hombre sesentón que debería estar ya durmiendo como un bendito en cualquier habitación del hotel, cornudo como él solo.


28 mayo, 2013

Introducción debate "Una rosa en la penumbra"



- Debate:                    “Una rosa en la penumbra”
- Fecha:                      Día 28 de mayo de 2013, martes
- Hora:                       19.00 horas
- Lugar:                     Sala Ámbito Cultural de El Corte Inglés
                                  Las Palmas de Gran Canaria


Sabedor de que ya ustedes conocen mucho, como miembros de este Club de Lectura de El Corte Inglés, de quienes vamos a hablar esta noche, quiero dejar patente que yo estoy aquí sólo como mensajero, como vocero de un buen número de personas que viven en la calle Sola del barrio de Canterías de la ciudad de Tornas, un barrio muy peculiar, conformado por sus catorce casas alineadas y todas con idéntica fachada, con un callejón de separación entre ellas, por si acaso, y dos piedras vivas como mojones para que nadie se confunda dónde están sus límites.
                        Acabo de salir de allí, si es que aún no lo estoy, tampoco lo sé a ciencia cierta, y espero que todos estén muy pronto subiendo su pedregosa cuesta de acceso, descubriendo la idiosincrasia de este lugar y los pálpitos de su gente, sus rasgos y caracteres, sus amores y desamores, sus penas y sus alegrías, sus aromas y sus alientos, sus peripecias vitales en fin, poco a poco, como quien va en busca de una rosa en la penumbra y teme ser herido por alguna espina.
                        De modo que estoy aquí como vocero o mensajero de todos los habitantes del barrio de Canterías como, por ejemplo, de Honorato, más conocido por el Gato, quien me ha pedido que le lleve una docena de voladores a mi regreso, porque ya se le han terminado los que le dieron para la fiesta en honor de Magdalena, la Magna, y está cansado de coger ratas y cucarachas en los callejones que dan origen dos a dos las casas de la calle Sola.
                        También mensajero de las niñas Padronas, esas maduras y religiosas y santas mujeres tan vírgenes como llegaron al mundo, por la Gracia de Dios y el Espíritu Santo, que mientras bajaba yo la cuesta del barrio, así, con las manos juntitas las dos y al unísono, me han rogado que les compre un escapulario morado, para ponerse mientras recen por las tardecitas en honor a la Virgen del Carmen el escapulario, es decir, el rezo siete veces del padrenuestro, con el avemaría y el gloriapatri. Total, les compraré una pieza de tela y que se lo hagan ellas mismas, y ya después que don Conrado, el cura, si quiere, se los bendiga. Me han prometido las buenas mujeres un dulce con un agujerito en el centro, cuando regrese, esos dulces que ellas han hecho tan famosos en la ciudad de Tornas.
                        Clarita, la hija de Magdalena la Magna y madre del bueno de Antuán Constantino, aún dolorida y para siempre, me recuerda que debo denunciar al hospital de La Caridad y a las monjas de la congregación Hermanas de La Caridad de la Asunción, sobre todo a sor María de la Salud, quien trató de abofetearla y le dijo mientras paría algo así como: “Sufre, hija, y no olvides, que Dios tampoco se olvida de las pecadoras como tú”.
                        Bueno, en cierta medida, y como comprenderán no me siento en condiciones de complacerla, ni de siquiera decírselo a ustedes, pero en fin: Carmela, la Dichosa, esa mujer de armas tomar que ha estado con miles de hombres pero que sólo ha amado al más tonto, pues Carmela, total lo digo, me ha solicitado que le compre unas braguitas encarnadas para ondear en señal de paz ante la policía cuando venga a cerrarle su casa de citas; no sé si podré hacerlo.
                        La verdad es que, Carmela, la Dichosa, con esas manos de santa y esa sonrisa angelical que Dios le dio, ha sido capaz de todo, incluso de iniciar en el amor a un muchacho mientras las tropas rusas avanzaban sobre Checoslovaquia, ardía Saigón y cientos de heridos se amontonaban en el barrio latino de París. Aunque más importancia para ella, desde luego, ha tenido que Rosendo y Felisita hayan instalado, en el callejón entre los números 11 y 12 de la calle Sola, una granja de gallinas: ¡eso sí que ha sido importante para ella!
                        Y me pide que lo cuente aquí, ante ustedes, por si hay alguna autoridad y toma medidas, pues que los hombres que la visitan regresen a sus casas con ese hedor a excrementos de gallinas impregnado en sus cuerpos es tan triste como muy perjudicial para ella, para su negocio, vamos.
                        Juansito, el vecino de la casa número 3 de la calle Sola, por su parte, me dice que si tengo tiempo me fije en cómo colocan aquí los botes de aceitunas y las latas de carne en conserva, los manises y las chufas, y todo en general, porque a él, con esto de la crisis, ya no le compra nadie, sólo le entran a su tienda las moscas y los moscones.
                        Ramón, el barbero, apostado como siempre en la puerta de su casa y también barbería, en el número 7 de la calle Sola, cuando me vio salir me ofreció un afeitado gratis, a cambio de que le consiguiera un periodista que contara su historia con la única mujer que convivió, y que casi le cuesta la cárcel por cierto, porque él no sabía ni que habían puesto una bandera republicana en su azotea y mucho menos que, precisamente aquel día, estuvieran suspendidos los artículos 14 y 18 del Fuero de los Españoles y la universidad de Madrid estuviera cerrada a cal y canto por los disturbios que se estaban produciendo. Qué disgusto para el bueno de Ramón, también conocido por el Que le digo yo a usted, cuando lo obligaron a salir con las manos en alto y los ojos cerrados, acusándolo la policía armada a grito pelado de enemigo del Régimen y del Caudillo.
                        Incluso esta noche estoy yo aquí como mensajero de Magdalena, la Magna, una mujerona rubia, decana de las prostitutas del barrio de Canterías, quien me ha pedido que reivindique ante este auditorio el abuso cometido con ella por defender a su hija, Clarita, obligándola a pasarse encarcelada veinte años y un día en la prisión de la ciudad de Tornas.
                        Además, y agradecida como ella sola, me ha dicho que aproveche y pregone aquí todo lo bueno de sus vecinos de Canterías, de cómo la defendieron cuando lo necesitó, de qué fiesta más bonita le hicieron cuando regresó de la cárcel,  de cuántos regalos recibió de todos.
                        No desaprovecha la ocasión Magdalena y me pide un favor, que tampoco sé si se lo podré hacer, y es que le compre aquí mismo en El Corte Inglés unas botas de media caña, como las que ha llevado toda la vida, y un lápiz de labios de un rojo endiablado, porque ella ya no puede bajar a la ciudad de Tornas desde que se cayó subiendo las escaleras de su azotea adonde iba a tender la ropa.                           
                        Finalmente, Magdalena, la Magna, me rogó que no hablara de sus dos grandes amores, porque el nombre de ellos se los quiere llevar a la tumba, aunque siempre todo se sabe, y todos ustedes ya lo sabrán a estas alturas, si han leído Una rosa en la penumbra, al fin el testamento vital de todos los residentes de la calle Sola del barrio de Canterías de la ciudad de Tornas.
                        Así, estoy como mensajero además de un tal Antuán Constantino, un buen amigo mío, cincuentón y solterón, y buena gente, que con esa forma de ser suya tan sumisa y de tan poco carácter, quizás por las tesituras que ha pasado durante su vida desde el momento en que fue fecundado, me encarga que si por casualidad, aquí, entre ustedes, sabe alguien cómo conseguir a la mujer que se ama en silencio, cómo llegar al amor que parece inalcanzable, cómo incluso poder vivir amando sin ser amado y cómo, finalmente, acabar con el amor cuando se quiere tener, pues eso, que si alguno de ustedes tiene la fórmula me la dé para transmitírsela, pues quizás de esa manera pueda… bien acabar con su agobio amoroso bien alcanzar el amor desprendido de su particular Venus: la bella Helga Tarbonano.
                        Pero es que, al propio tiempo, la misma Helga Tarbonano, hermosa como ella sola, de labios finos y sonrosados, quizás enamorada o quizás no, me comenta que puedo hacer mención al efímero beso en los labios que un día correspondió, sin saber por qué, en un cuartucho de los estibadores allá en el puerto.
                        Me insiste en que está muy confundida. Me afirma que a lo mejor nunca debió cruzar la calle que despertó el amor en un hombre como Antuán Constantino, y su propio amor. Y aprovechándose también de esta circunstancia, me dice que tal vez entre todas las mujeres que hay aquí, entre todas ustedes, amigas mías, alguna pueda aconsejarle sobre lo que debe hacer, si seguir con su monótona vida o entregarse al bueno, al cándido de Antuán Constantino, un hombre incapaz de distinguir cuando un beso es dado por amor o por caridad.
                        Me acaba rogando Helga Tarbonano que sea prudente al contar su historia, y yo así lo hago, no hablar más sobre el tema, entre otras razones porque tampoco conozco muy bien la intimidad de esta mujer, ni la de Antuán Constantino, aunque bien es verdad que él mucho la ha citado y hasta mitificado, llegando al punto de confundirla o quererla comparar con las Venus de Botticelli, Velázquez, Tiziano, Carracci o Veronese: ¡eso sólo le ocurre a los enamorados!; verdad es que él teme mucho de una frase revolucionaria que le dijo el profesor Restituto Altamirano: “El que habla del amor destruye el amor”.
                        Y precisamente, de quien verdaderamente traigo muchos mensajes es del insigne profesor don Restituto Altamirano de las Cuevas, residente en la casa número 1 de la calle Sola del barrio de Canterías. Qué impertinencia la del viejo profesor: no se ha cansado de insistirme en que yo les cite a todos ustedes una frase en latín, cosa que no voy a hacer, por supuesto, por mucho que él se empeñe, aunque Dios me libre cuando regrese a la calle Sola y se entere de que no lo he hecho: igual me da en la misma coronilla con su bastón de acebuche con contera de hierro fundido.    
                        Sin embargo, tal vez por lo interesante de su vida, aparte de lo que le gustan las galletas con relleno de coco y de vainilla, sí les transmitiré algunas de sus vivencias revolucionarias, porque el profesor, al parecer, ha sido un hombre de mundo y muy inconformista, hasta el punto de tener como paradigma personal a John Fitzgerald Kennedy, aunque su alma revolucionaria lo llevó por otros derroteros.
                        ―Diga usted ―me espetó―, que yo me he codeado con Martin Luther King y con Salvador Allende, que yo estuve encerrado en el Estadio Chile junto a Víctor Jara.
                         Bueno: queda dicho; cumplo con lo prometido, nada más.
                        Pero sobre todo, insistió el viejo profesor en que les contara a ustedes sus vivencias en el Mayo francés del 68, y aunque no me lo creo, de que este hombre haya sido el autor de muchas frases célebres escritas en esa época turbulenta, aquí las dejo como humilde vocero, por ejemplo, la que supuestamente escribió en la universidad de Nanterre:
                        “Y sin embargo todo el mundo quiere respirar y nadie puede respirar; y muchos dicen “respiraremos más tarde”. Y la mayor parte no muere, porque ya están muertos”.
                        Insiste el profesor Restituto Altamirano que no me conforme con esa frase escrita por él, sino que cite otras, al parecer también de su propio puño y letra mediante graffitis, aparte de en Nanterre también en Odeón y La Sorbona: para darle satisfacción al hombre viejo y majadero, aunque con todas las reservas del mundo de que sea él su autor,  sin remedio, aquí quedan:
                        ―“La imaginación toma el poder”.
                        ―“Sean realistas: pidan lo imposible”.
                        ―“Un pensamiento que se estanca es  un pensamiento que se pudre”.
                        Cuánto habla y cuánto sabe el profesor Restituto Altamirano. Cuánto ha vivido. Cuánto se equivoca, según el parecer del confundido Antuán Constantino, cuando dice que no existe el amor, sino la ilusión. Cuánto se jacta al afirmar que las mujeres son como aves de rapiña. ¡Qué barbaridad! 
                        Aunque no deja de ser un hombre muy peculiar el profesor,  con su ironía permanente, y ahora, ahora mismo recuerdo un diálogo que me contó y sostuvo el propio Antuán Constantino con él:
                        Le preguntó el bueno de Antuán:
                        ―¿Aún hace usted el amor, profesor?
                        ―Yo ya no hago ni el té, amigo mío —contestó.
                        Como mensajero de Antuán Constantino, Helga Tarbonano, Magdalena la Magna, Clarita,  Ramón el barbero, Carmela la Dichosa y los demás, en su nombre, es un placer para ellos y para mí estar aquí con todos ustedes, esta noche, para debatir sus vidas, sus existencias como seres humanos bajo el título de “Una rosa en la penumbra”.
                        Me gustaría terminar esta introducción, ante ustedes miembros del Club de Lectura Dolores Campos Herrero, con una de esas frases del Mayo del 68, gracias al beneplácito de Antuán Constantino y Helga Tarbonano, el asentimiento de Magdalena, la Magna, y a petición, claro está, del profesor don Restituto Altamirano de las Cuevas:
                        ―“Decreto el estado de felicidad permanente”.


23 abril, 2013

Retazos VI






La mujer y su laberinto

La mujer se perdió en su particular laberinto, olvidándose del amor que se fraguaba en su corazón, buscando unos cimientos equivocados.


Tun, tun

Tocó el hombre en la puerta, a sabiendas de que la muerte no contestaba.


Los vientos y el eco

Silbó llamando a los vientos de su amor, pero ya el eco se los había tragado.


No bastan los recuerdos

El pobre pensador soñaba que aún era feliz con los recuerdos, pero no bastaban.


El virginio y la mirada

Tras su virginio, la pena, y tras su mirada, la lástima de su existencia, por todo.


La carta

Esperaba  la carta que descubriera su ilusión perdida.


Los cigarrillos

En sus cigarrillos vio el humo de sus pensamientos, la brasa de su amor perdido y la ceniza de sus cenizas.  


17 abril, 2013

El hombre de la corneta y el cornetín




¿Lo es? ¿El qué? Alegre y feliz. ¿Por qué lo dice? Siempre está con una carcajada perenne, cuando no tocando esa corneta o el cornetín. Y borracho. Bueno, eso también. Yo fui corneta de militar. Ahora lo comprendo: quizás añora esos tiempos. Tampoco, no crea: era el último mono. El primero dirá: daba órdenes, por los menos, a golpe de resoplido. ¿Yo, órdenes?: ¡si era un mandado! Me da que ahoga sus penas de esa manera. ¿Y a usted qué le importa? No pretendía ofenderlo. No, si no me ofende. ¿Entonces? Cada cual gira sobre el pie que le da la gana. Ya: pero usted gira siempre sobre el mismo. Puede ser. ¿Tiene amada? ¿Y eso qué es? Hombre, una mujer a quien amar y que lo ame. ¿Existe eso? Sí. Yo nunca lo he vivido. Quizás porque sólo piensa en tocar la corneta y el cornetín, carcajearse sin motivo y beber a discreción. Pero sí conozco el desamor. ¿Cuándo fue eso? Hace unos días. ¿A esta edad tan tardía? ¿Y por qué no? Pensaba que había sido de joven. No: ha sido ahora. ¿Pretende a alguna mujer y lo rechaza? Así es. ¿Por qué cree que es así? Porque ya yo soy viejo y ella es mucho más joven que yo. ¿Y si es porque toca la corneta y el cornetín? No lo creo. ¿Es bella? ¡Es linda la jodida! ¿Ya practicó con ella el toque de retreta? Y casi el de silencio. No debe perder las esperanzas: yo le ofrecería el toque de diana, para despertar su amor. Me parece un imposible, la verdad. ¿Cómo es ella? Ya le dije que linda la jodida, muy linda y además hermosa. ¿Ríe? No, apenas sonríe. Pues no ría usted tanto, hombre. ¿Y por qué debería hacerlo así? A lo mejor es eso lo que no le gusta de usted. Es mi edad, estoy seguro. También se puede tratar de que aborrezca su corneta y el cornetín, y el que usted beba tanto. Pues no debería: cuando ofrezco sus toques me siento importante y feliz, y cuando bebo duermo con las estrellas. Pues más feliz e importante se sentiría acariciándola a ella. ¿A la corneta? ¡No, hombre, a su amada! No tengo costumbre. Siempre se aprende a amar, amigo. ¿Está seguro de eso? Convencido. Ayúdeme, entonces. ¿Está dispuesto a que lo haga? ¡A sus órdenes! ¿Qué le parece un toque de marcha para empezar? ¡Lo que usted ordene! … Me ha gustado. ¿De verdad? Sí, mucho, pero tiramos los instrumentos ya. ¡Buf!, es difícil: no dejan de ser parte de mí, de mi vida. Y tomamos agua. ¡La madre que parió! Retire las cervezas y dos vasos de agua, por favor. Espere que me tome el último buche. ¡No! ¿Por qué no? Porque para conseguir el amor hay que poner sacrificio. ¿Y no hay amor sin sacrificio? Jamás. ¡Pues vaya leche! Tampoco es tan difícil. ¿De verdad? Así es. Si usted lo dice. Aparte de linda, ¿cómo es ella? Dulce y alegre, me da. ¿Tiene una mirada limpia? Como el cielo iluminado por el sol. ¿Le parece una buena persona? Acrisolada. Las perspectivas son muy buenas. ¿Usted cree? Sí: seguro. Estoy entusiasmado. Pues sigamos. Sí, por favor. ¿La ama de verdad? Como a la primera luz de cada día. ¿Qué daría por ella? Todo. ¿Seguro? No lo dude usted. ¿La vida, por ejemplo? ¡No me joda usted! Quiero decir, hombre de Dios, que si sacrificaría todo por ella. Si le parece poco sacrificar el cornetín, la corneta y la cerveza. ¡Eso son cosas nimias, hombre! Diga, diga usted. ¿Lloraría por su sufrimiento? Sí. ¿Sufriría con su sufrimiento? Yo creo que sí. ¿Perdería su salud por la salud de ella? A lo mejor. ¿Tanto la quiere? La amo como nunca he amado a nadie, porque a ninguna mujer he amado. Bueno, ya casi terminamos. ¿De verdad? Sí. ¿Y qué más? Sólo nos queda resolver una cuestión. Usted dirá. La más importante, quizás. ¡Buf! Me la tiene que presentar para yo hablarle de usted y que sepa la verdad de su amor. ¿Es necesario? Sin duda. No sé qué decirle. ¿Dónde está ella? En mi pensamiento, amigo: sólo en mi imaginación.