Siempre lo he
pensado. ¿A qué te refieres? Lo tengo
claro. No te entiendo. Es del color de las paredes de esta trastienda. ¿De qué
me hablas? Del silencio. ¿Quieres decir que el silencio tiene color y, además,
es amarillo? Sí, sin duda alguna. ¿Estás bien?: ¿en tus cabales? Nunca he
estado mejor. Bueno, si tú lo dices; aunque me vendría de perlas una
explicación, por mínima que sea, porque me haces sentir incluso un poco tonto. Es
normal. ¿Ah, sí?; ¡caramba!; desde luego, no me había percatado que mi mente es
estúpida, porque hasta ahora no ha reconocido color alguno que pinte el
silencio. Tampoco te molestes, amigo mío; hay cosas que se les escapan a uno,
por muy evidentes que sean. ¿Evidente que el silencio tiene color? Sí, como el
desamor, por ejemplo. Ah, que también tiene color el desamor; ¡joder!, me dejas
asombrado; ¿y de qué color es el desamor?; dímelo, por favor, para no comprarme
jamás una camisa igual. El desamor es de color negro. ¡Vaya!; pues hasta me
parece bonito para lo que significa el desamor; sin embargo, no me pega mucho
el amarillo para el silencio. Todo tiene su explicación, querido; a ver cómo te
lo aclaro: el amarillo es llamativo, de modo que muy parecido al silencio, que
también lo es; acaso, ¿no nos pasamos la vida hablando?, pues cuando no lo
hacemos llamamos la atención, ¿o no?, parece como si estuviéramos un poco
muertos, o perdidos, sin juicio aparente. ¡Caramba con esta trastienda!: ¡cuántas
cosas aprende uno aquí dentro! No es el lugar, ni el ambiente que pueda haber,
son los pálpitos de la vida, de cada uno, en este caso de mí mismo. Sí, quiero
entenderlo. El otro día, y no te lo vas a creer, me topé con la ansiedad. Y
tiene color, claro. ¿Te mofas de mí? ¡No, hombre!; pero si el silencio es de
color amarillo y el desamor de negro, quiero pensar que la ansiedad también
estará pintada; y por qué no, claro, a la vista de tu sabiduría. Aunque sé que
no me estás creyendo nada en absoluto, no me importa, porque terminaré
convenciéndote de lo que estoy diciendo: ya lo comprobarás cuando salgas de
aquí y seas capaz de pensar. ¡Buf!; ahora hasta me asustas, amigo; pero fíjate,
me voy a atrever: pintaré para ti la ansiedad, y a lo mejor hasta acierto. Al
fin parece que te ha llegado la cordura. La ansiedad, sí, la ansiedad es de
color rojo, seguro. No ves más allá, querido amigo, de un palmo de tus narices.
¿Ah, no es de rojo? No, estás confundido; no sé por qué me da que aún no has
encontrado una explicación a tu existencia. ¡Joder! De rojo es el amor, hombre;
no, si al final vas a ser tonto, y que conste que esto lo has dicho tú, no yo. ¿El
amor de rojo?; ¡caramba, caramba!; pues si te digo la verdad, yo lo hacía
blanco, blanco y puro con un toque cristalino. ¡La ansiedad sí que es de color
blanco!; piensa un poco, ¡por Dios!; ¿en qué mundo vives o qué has hecho de tu
vida en este mundo?; me resulta inexplicable que estés tan ciego, o seas tan
ciego de la realidad de tu existencia. Dame una explicación, por favor, pues me
estás hundiendo en la miseria: ¿cómo puede ser blanca la ansiedad? Simple y
llanamente porque la pureza que encierra el blanco es inalcanzable, amigo mío,
y todos tratamos de alcanzarla para encontrar la paz, pero nunca la hallamos, y
eso se convierte en un sinvivir, y eso es la ansiedad mostrando su blancura,
siempre presente como una novia también de blanco que jamás llega al altar, porque
algo o alguien se lo impide. ¡Me vuelves loco!; ¡ya creo que estoy loco de
remate!; ¡quiero acabar con esta conversación! Tampoco te lo tomes así. Dime,
al menos, por qué el desamor es negro, y ni una palabra más. Porque se le ha
apagado la luz al corazón, sin más. ¡Nunca más pisaré esta trastienda que ahora
me parece inmunda! No me digas eso, amigo mío, que sabes bien de nuestro
aprecio mutuo durante tantos años. Me voy, jamás volveré aquí, salvo que
encuentre el color de mi alma, que no sé si será igual que el de la tuya.
27 julio, 2015
05 junio, 2015
Retrato de treinta suspiros para una vida
Presentación libro: Todos sus cuentos
Autor: Víctor Ramírez
Autor: Víctor Ramírez
Lugar: Club La Provincia
LAS PALMAS DE GRAN CANARIA
Fecha: 5 de junio de 2015
Para Víctor Ramírez
El
hombre se acercó taciturno a la alacena, cogió la taza vacía que allí solía guardar desde mucho tiempo atrás y se
dirigió a la cocina, donde se preparó una infusión de manzanilla, no porque le
apeteciera, como de costumbre a la tardecita, sino porque tenía un salto en la
barriga que no lo dejaba en paz, de nervios, seguro, ya que llevaba unas horas
sonándole en la cabeza el aplauso que
le regalaba mucha gente, de aquí y de allá, pero que no veía, y entonces le
invadía una especie de regocijo un tanto inconcebible o más bien inexplicable,
que lo desestabilizaba, porque él nunca quería que le reconocieran nada, menos
su trabajo y su dedicación perennes durante tantos años, pues al fin y al cabo,
si él escribía era en primer lugar porque le gustaba, en segundo lugar porque
daba rienda suelta a su inconformismo y, en tercer lugar, porque tenía una
obsesión vital desde muy joven por remover conciencias en pos de una vida mejor
para todos y una sociedad libre sin cortapisas que pocos entendían.
Suspiraba. Hablaba a solas sin parar,
cuando no le daba por cantar alguna ranchera o un corrido mejicano. A veces se
decía menos da una piedra, a lo mejor
pensando que debía dar más de sí mismo, sin embargo, lo curioso, es que a viva
voz pregonaba una frase que nadie entendía, tal vez él sí, una frase que
después de muchas discusiones, los que le escuchaban convinieron que era al otro lado del otro lado, aunque nadie
se ponía de acuerdo en su significado, en qué quería el hombre decir con ella,
pues mientras unos comentaban que al otro lado del otro lado se hallaba la
libertad, otros afirmaban que era el lugar de la mala conciencia de los que
mandaban y más de dos y de tres estaban convencidos de que se trataba del
rincón donde malvivían los pobres, los
marginados de por vida, lo malo es que el hombre rubricaba sus frases sueltas
al viento con otra aún más incomprensible para todos, una frase más abierta aún
que desataba mil y una especulaciones: pero
como si no; pero como si no qué, pero como si no lo entendieran, pero como
si no pudiera transmitir sus pensamientos a pesar de la lucha constante por
hacerlo, pero como si no se diera cuenta nadie de lo que ocurría, pero como si
no los mandones perdieran la conciencia de sus desmanes; ¡cualquiera sabía!
Gemía apenas el hombre. Deliraba a
veces. Miraba tras las rendijas de los amaneceres o en los huecos de la noche
cerrada. Cantaba a escondidas. Sonreía en ocasiones sin ton ni son, quizás
cuando encontraba una palabra que le iba a servir para transmitir a los demás
sus alientos a través de la escritura, como un poeta, como el poeta que se alimenta de carroña si fuera preciso, como tantas
veces había hecho él con sus grafías, echándolas a volar igual que si se
tratara de palomas mensajeras, unas con olvidos y otras con recuerdos, lo mismo
daba que se tratara de una Nochebuena
que de una mala noche donde las pesadillas se lo comían por dentro.
A pesar de todo, no se dejaba asustar
el hombre por la vida, todo lo contrario, buscaba en ella los resuellos aquí y
allá, y a fe que los encontraba, aun cuando la
esperanza hecha piedra trataba de coartar sus pálpitos y pasiones, también
sus estremecimientos y sus sosiegos, y le daba igual al hombre que ese martirio
de la vida fuera despierto o dormido, como una noche, cuando soñó que había
perdido un ojo y se había quedado sólo con un
ojo de pulga en el centro de su frente, que más tarde le sería arrancado
por una bala de goma en una de las
manifestaciones a las que tanto le gustaba acudir para gritar ¡libertad!, en
definitiva, el soñador de sueños imposibles o el escritor y un miedo más, como siempre le había pasado en la
vida, ora de joven ora de viejo, tal vez por pensar, sobre todo por querer
pensar y después transmitir sus pensamientos a los demás, a sabiendas de que
encontrarían oposición en otros muchos que sin ser sordos ejercían como tales,
para su desgracia, aunque el hombre definía eso como rutina, rutina, y se convencía a sí mismo de que debía continuar,
por más chantaje bendito que le
cayera encima, quizás porque como decía buscaba lo más hermoso de mi vida, de su vida, a pesar de que a menudo
sufría por el hedor de esquirola, que
le llegaba de aquí y de allá, por más que trataba de soslayarlo, de pasar girando
la cabeza al otro lado para no dejarse embaucar.
Nadie sabía el porqué, pero lo cierto
es que el hombre tenía como favorita la frase Diosnoslibre, toda junta, toda juntita diría él, sin separaciones
de las tres palabras, porque si no fuera así significaría otra cosa,
seguramente, algo muy distinto, como cuando se le escuchaba muchas veces en un
susurro decir precisamente, como si
de una sentencia se tratara, con un asentimiento firme y categórico:
precisamente las cosas son así y no de otra manera, que lo decía él que lo
había vivido y sufrido en sus propias carnes.
Le gustaba el mar al hombre, pero sobre todo la arena rubia, para pisarla y verse las huellas que iba dejando como
si fuera su vida misma, también para tumbarse y desparramar su mirada en derredor,
incluido el horizonte lejano, observando la hermosura que lo rodeaba, porque
los ojos siempre son niños, podría decir pero nunca lo dijo, si bien era cierto
que hablaba de la tercera mitad del
cariño, sin explicar cuál era la primera y la segunda mitad del cariño,
aunque lo más probable es que sería algo bueno, algo amoroso y placentero, porque
del hombre no se podía esperar otra cosa, que luego plasmaría en sus universos
particulares repletos de belleza y sugerentes por sí mismos para hacer pensar a
los demás, sin remedio, de la misma manera que hacía cuando hablaba de don Régulo Alcántara, o de Elías Arcángel Bermúdez, incluso
cuando se preguntaba de forma machacona, pesado como él solo pero lleno de
ilusión, por qué me acordaría de
Ferminito Ñeca y demás, por no mencionar sus palabras acerca de un tal capitán Tibicena, pues el
hombre conocía no sólo de pescadores, soldados y marineros, sino también de
capitanes y de quien se le terciara, fueran pobres o ricos del barrio o de lugares
lejanos.
El hombre paseaba por la vida, y meditaba, en ocasiones martirizándose
a sí mismo, también luchando a brazo partido
para evitar dejarse domar, hasta el punto de mostrar su rebeldía, cuando
no su pasmo o estupor, llegando a la conclusión de la indómita contumaz estupefacción, como solía denominar
aquellos momentos suyos de supervivencia o de flojera para ir afrontando la
vida, hasta que llegaba el momento crucial y
cogió el lápiz para escribirle al primero que se encontrara que ya le seguiré contando de mi existencia,
y cuando le replicaba su interlocutor se limitaba a lanzar como un dardo al
aire una sola pregunta, simple, muy simple: ¿y
qué?, al fin y al cabo, como afirmaba sobre sus planteamientos, porque así fue aunque a lo largo del camino de
la vida pudieras estar equivocándote de
trampa.
Recordaba a el Chillón,
cuando decía mejor me callo, porque
tampoco el hombre se creía estar en posesión de la verdad absoluta, sin
embargo, comedido, él era consciente que tras
aquel partido, que no era otro que el de la vida contra su lucha constante,
se sentía más ganador que perdedor, porque en todo lo que había hecho fue
dejando hasta su alma.
Terminó el hombre diciendo allá
ustedes, probablemente dando a entender que ahí dejaba su obra, su
literatura, para que pensaran, para que fueran mucho más allá de donde él
siempre quiso ir, o mucho más acá, daba igual, porque lo importante, el rezumo,
quedaba en las letras que el hombre iba arrojando tras de sí para que
degustaran los demás, desprendido como él solo sabía serlo.
01 abril, 2015
Conversaciones en la trastienda (3)
(Ilustración: Después del baño/Sorolla)
Debate: Para Isabel. Un mandala
Autor: Antonio Tabucchi
Fecha: 18 de marzo de 2015
Lugar: Sala Ámbito Cultural de El Corte Inglés
Las Palmas de Gran Canaria
Conversación con Isabel
Puedes pasar,
Isabel. Gracias. Espero que te guste mi trastienda. Bueno, no sé, depende de
tus intenciones; de todas formas, me parece un lugar placentero. No sé por qué
dices eso. Tú sabrás lo que has pensado, y quizás hasta comentado durante todo
este tiempo ¿A qué te refieres? Parece mentira que preguntes. No será por el
mandala que pretendo confeccionar para ti. ¿Ah, si?; ¿un mandala para mí? Dejémoslo
aquí, ¿te parece? Como tú quieras. Dime, ¿recuerdas a Mónica? Cómo no voy a
recordarla, al fin y al cabo fuimos muy buenas amigas de juventud. Me ha
hablado muy bien de ti, y recuerda con cariño la pesca de ranas, el cabrito
que atado a una cuerda paseaban las dos por Barcelos y hasta el pan con forma
de órgano viril que solían comprar y mostrar ante la vista de todos. Cosas de
chiquillas, sin duda, pero fueron aquellos unos bonitos tiempos, unos veranos
maravillosos, pero todo terminó cuando mis padres murieron en aquel maldito
accidente de coche, aunque tampoco perdí mucho, no creas. ¿Es verdad que te
convertiste en la universidad en una líder revolucionaria contra el fascismo
imperante? Me convertí en mí misma, nada más. Dos poetas libres que nos honran, porque la poesía libre está hoy
proscrita; ¿son palabras tuyas, no? Sí, lo son, pero lo que no sé es por qué
tú las conoces textualmente; de todas formas, ya que veo el interés que tienes
por mi vida, decirte que si ser yo misma supone convertirse en una
revolucionaria contra el fascismo, pues lo soy, como también fui miembro del
partido comunista, ¿y qué? Te alejaste de todo el mundo, Isabel, hasta el punto
que todos los que te conocíamos apenas supimos nada de ti, de tu vida, de ahí
tantas conjeturas acerca de tu persona, de ahí que te convirtieras para mí en
un mandala que por más círculos que construya nunca he podido cerrarlo,
alcanzar su centro. ¿No será que te buscas a ti mismo? Son muy injustas tus
palabras, Isabel; he vivido durante mucho tiempo por ti y para ti; ha llegado a
mis oídos que estabas embarazada de un supuesto novio español o de un
escritor polaco, que fuiste abandonada por todos, excepto por tu tata y
tus compañeros comunistas porque habías decidido abortar, que caíste en
una depresión y te hallabas escondida en un lugar secreto que nadie se atrevía
a revelar, incluso que te suicidaste, cosa que confirmó una necrológica
publicada en el periódico donde se invitaba a la celebración de una misa en tu
recuerdo. ¡Cuántas cosas te imaginas, Dios mío! No me he inventado nada,
Isabel, puedes creerlo, y si no, contesta a mis preguntas: ¿sufrías asma de
pequeña?, ¿tenías problemas psicológicos? ¿Quién te lo ha dicho, Bi? Sí, Bi: tu
tata, tu nodriza. ¿Cómo te has atrevido?; ¿hasta ese punto has investigado mi
vida?; ¡no tienes perdón! No te molestes, Isabel, sólo construí con esa buena
mujer, quien tanto te quiso, un círculo más para tu mandala. ¡Es inaudito! ¿Sabes
lo que me dijo? ¿Qué te dijo, mal hombre? Que de joven pensabas que todos los
adultos tenían un amante, que tu madre tenía un amante en el cura párroco, que
tu padre tendría seguro una amante en París, y hasta que asegurabas que cuando
fueras mayor tú misma te buscarías un amante, un hombre engreído, que harías
que se enamorara perdidamente de ti y luego procurarías que se muriera a fuerza
de los disgustos que tú intentarías darle. ¿No te comentó que maté a alguien? No,
Isabel, pero sí me citó a una intérprete de jazz, Tecs, que solía homenajear a
Sonny Rollins tocando su saxofón, muy buena amiga tuya, por cierto, cosa que
pude comprobar hablando con ella. ¡Eres un caradura! No, simplemente quise
seguir adelante, encontrarte Isabel, y trazar mi tercer círculo del mandala en el
cual cifraba todas las esperanzas de saber de ti. No me lo puedo creer, la
verdad. Fue ella quien me dijo que habías sido detenida y que supo que te
hallabas en la prisión de Caxias, incluso que cuando volvió de Estados Unidos
le dijeron que te habías suicidado tragándote unos trozos de cristales, pero yo
no la creí, porque investigué hasta en los archivos del ayuntamiento y allí no
existía certificado de defunción alguno tuyo, por mucha necrológica que se
hubiera publicado en el periódico. ¿Y qué hiciste si se puede saber? Pues dar
un paso más, construir un nuevo círculo que me ayudara a acercarme a tu
existencia, y de ahí surgió un caboverdiano, que fue carcelero en Caxias muchos
años atrás, apellidado Almeida pero que le gustaba que lo llamaran Tío Tom, y
que tú no habrás olvidado. Desde luego que no, no olvidaré jamás a aquel buen
hombre. Me alegro de que reconozcas algo. ¡No sé si odiarte o…! Con qué cariño
te recordaba, a golpe de sorbitos de cachaza, hasta el punto de considerarte
como una hija, una caboverdiana más, a pesar de tu pelo rubio; la señorita no esperaba ningún niño, me
llegó a decir con una dulzura extrema; todo
era un gran embrollo, me afirmó de manera contundente; ¡y tanto que lo era,
Isabel!, lo tuvo que ser para ti, pues de qué manera pasaste de ser presa de la
policía política a hermana de presa que se moría camino del hospital al haberse
tragado unos cristales, cómo te fugaste gracias a la ayuda de aquel buen hombre
colaborador de la Organización, y hasta me contó, revelando su gran secreto o
el secreto de su vida, que el rostro de la Organización era un tal Tiago,
fotógrafo de profesión. ¡Eres un maldito sabelotodo! No, Isabel, has sido la
obsesión de mi vida. Te engañas de manera miserable: has sido la obsesión de ti
mismo. Aunque no lo creas, Isabel, mi cariño fue grande, al verte en aquella
fotografía que me dejó Tiago, con un abrigo oscuro en el mostrador de
facturación de un aeropuerto y a tu lado una minúscula maleta, camino de Macao,
en dirección a la casa de un cura católico, adonde te envió Magda para alejarte
definitivamente de la persecución fascista. Caramba, ¿también conociste a Magda?
Sí, y hablé con ella gracias a la mediación de un murciélago, en la cueva de
Camoes, aunque tú no lo creas. Ya no caben más sorpresas en mí, desde luego. Pues
aún tendrás que escuchar unas cuantas más, porque Magda trató de engañarme,
afirmándome que tú te habías tragado dos tubos de pastillas con no sé qué agua
y que escribiste una carta para ella, una carta de despedida para su amiga
Magda. ¿Y no fue así, no morí así? Nadie mejor que tú lo sabes, y también ella
o el dichoso murciélago, pues tuvo que reconocer que yo había desenredado la
madeja, cuando le dije todo lo que sabía hasta aquel momento, aunque necesitaba
un paso más, o el siguiente paso, que no era otro que el de saber quién era el
cura de Macao con el que te mandó. ¿Y te lo dijo? Aunque lo sé, porque claro
que me lo dijo, también podrías decírmelo tú misma, para que esto no sea un
diálogo de sordos. No, yo no, eres tú el obsesionado por conocer de ti a través
de mí. Bueno, dejémoslo; como bien sabes, Magda te envió con el padre Domingos,
quien dirigía una leprosería en Coloane, pero me encontré con un cura católico que
decía conocerlo y me afirmó que había muerto hacía unos seis años, si bien,
cuando le enseñé tu foto, a pesar de ser católico, me recomendó que acudiera a
un animista, a un poeta animista conocido como el Fantasma que Camina. Claro, ¿y
así pasaste de un círculo a otro círculo para satisfacer tu curiosidad? Así es.
No tienes derecho a perseguir mis huellas. Sabes que sí, Isabel; pero escucha,
el Fantasma que Camina, después de rocambolescas diatribas en torno a su poesía
y a la mía, me preguntó que para qué quería yo buscar una sombra que pertenece
a la literatura, a lo que le contesté que quizás para hacerla real, para dar un
sentido a su vida –tu vida- y a mi descanso. ¿Ves como tengo razón?: ¡si sólo
piensas y has pensado en ti! Calla, por
favor, Isabel, déjame decirte que el poeta me afirmó que si yo estaba haciendo
círculos concéntricos, esos círculos quedaban en manos de mi creatividad e
imaginación: he aquí mi interés por ti, sin duda alguna. ¿Y no te dijo nada más
ese gran hombre? ¿Te mofas de mí? Quizás. Bueno, no voy a hacer caso de tu
actitud hacia mí, pero sí decirte que me remitió a un castillo que debería
buscar en la patria de Guillermo Tell, donde encontraría a un hombre, más bien
a un santón que venía de la India. Desde luego, es asombrosa tu imaginación,
querido. No, Isabel, es asombrosa la vida, nuestras existencias, también
asombrosos nuestros recuerdos de las personas que amamos o hemos amado. ¿Todavía
te quedan más círculos para completar mi mandala? Sí, Isabel: dos, o uno y el
último que eres tú. Soy toda oídos. Gracias por escucharme, en esta trastienda
de mala muerte, y ahora más que nunca, porque he decirte algo hermoso, algo
bello de una mujer que conocí tras encontrar el castillo de marras… No, si al
final me van a conquistar tus palabras. Conocí a Lise, una madre que tuvo un
hijo y que la naturaleza se lo arrebató, una mujer que sólo te puedo definir
con sus propias palabras: la
naturaleza se había comportado con mi
hijo como una madrastra, no queriendo dotarlo de ciertas facultades… yo lo
quería como sólo se puede querer a un hijo, porque a un hijo se quiere más que
a uno mismo, mucho más que a uno mismo, así se quieren a los hijos. Me
pones mala con tus palabras. Escucha, Isabel: aunque Pierre, su hijo, no se
comunicaba, tenía su forma de inteligencia, y ella la entendía, de tal manera
que él le decía mamá te quiero mucho
y la mujer le contestaba Pierre, eres mi
vida entera, pero la vida se lo arrebató, porque la vida, según ella no
sólo es madrastra sino también malvada, y yo estoy de acuerdo con ella. ¡Me
descorazonas!; sigue, por favor. Me alegro de que al fin me entiendas, Isabel; le
dije a Lise que yo intentaba llegar a un centro, que había recorrido muchos
círculos concéntricos y necesitaba alguna indicación y que por eso había
llegado hasta aquel castillo; al final, me preguntó que si yo creía en los
círculos concéntricos, pero le dije que no lo sabía, que sólo trataba de
buscar, porque lo importante es buscar, cosa de la que ella estuvo en completo
acuerdo conmigo. ¿Y no me dices nada más de esa Lise? No, Isabel, sólo me queda
el santón, a quien pregunté por ti, si podía darme noticias tuyas, rogándole al
propio tiempo que me ayudara para llegar a mi centro, a mi mandala para ti. ¿Y qué
te dijo?; desde luego que has terminado por conquistarme, tus palabras me están
matando poco a poco, tu voz y tus susurros me enamoran. Me dijo que tú estabas
en Nápoles, y ante mi pregunta de a quién debía recurrir para encontrarte, me
contestó: los mandala deben ser
interpretados, pues de lo contrario sería demasiado fácil buscar el centro, así
que me dibujó una luna en el centro de una hoja de escritorio, que debía interpretarla a mi gusto, esperando
que mi sensibilidad supiera guiarme. Me estremezco: debería salir cuanto
antes de esta trastienda. Espera; déjame terminar, pues ya queda poco de tu
mandala. En fin, tú dirás. Terminé conociendo al Violinista Loco, quien se
atrevió a decirme que era él quien dirigía los círculos concéntricos o, más
bien, sus estaciones, afirmándome que habíamos llegado al centro, al propio
tiempo que me pidió tu fotografía para colocarla en el mismo centro del círculo. ¡Dios
mío!; no sé si debo seguir escuchándote, la verdad. Fue entonces cuando te vi:
tú me tendiste la mano y yo te la estreché, luego tú te levantaste el
sombrerito con velete y yo te di un beso en una mejilla. ¡Estás loco! Finalmente,
subimos en un trasbordador, tú me dijiste que estábamos en nuestro entonces,
que estábamos en la noche que nos dijimos adiós, pero yo te dije que no
podíamos estar en el entonces y en el ahora, y luego tú me replicaste que
estábamos en el presente de los dos y yo te estaba diciendo adiós. ¡Cómo
complicas las cosas, la vida en sí misma! Necesito saber qué ha sido de tu
vida, Isabel. Tú ya la sabes toda, has edificado con sabiduría tus círculos,
pero pienso, como te he dicho ya de alguna manera, que tú crees haber realizado una búsqueda en pos
de mí, pero tu búsqueda era sólo en pos de ti mismo. ¡Maldita sea la vida!;
¡no te entiendo, por Dios! Sólo has
querido liberarte de tus remordimientos, no era realmente a mí a quien
buscabas, sino a ti mismo. Tú, precisamente tú, no puedes pensar eso de mí,
Isabel. Quedas liberado de tus culpas, no
tienes culpa alguna, no hay ningún bastardillo tuyo por el mundo, puedes irte
en paz, tu mandala se ha completado. ¡Cómo puedes decir eso!; por favor, Isabel,
no vuelvas a decirme adiós otra vez. Sí, claro que puedo: adiós, no nos
volveremos a ver jamás.
18 diciembre, 2014
Felicitación Navidad 2014
(Ilustración: Vieja friendo huevos/Velázquez)
Tenía hambre. Su
ínfima sonrisa daba la impresión de hallarse partida en dos. Allá, lejos,
quedaron sus padres sin un trozo de pan que echarse a la boca. No dejaba de
mirar, de observar a la vieja de aspecto pobre como él que freía huevos a
diestro y siniestro. Los olores que percibía le provocaban una ansiedad
infinita. Por unos momentos, desde luego que sin pensar las consecuencias,
quiso sacar los arrestos necesarios para acercarse a la mujer, meter las manos en
la sartén y hurtarle aquellos dos huevos ya casi fritos, pensando en que uno
sería para su padre y otro para su madre. Meditó. Se acercó unos pasos, tímido,
más bien asustadizo. Respiró hasta lo más hondo, y agachó la cabeza, quedándose
quieto como un pasmarote, tal vez esperando un milagro que le ayudara a cumplir
su objetivo. Pasó el tiempo, fugaz, y a hurtadillas observó que la mujer
depositaba los dos huevos en una especie de cuenco, justo antes de llamarlo y
felicitarle la Navidad entregándole aquel regalo maravilloso.
Antolín Dávila
04 noviembre, 2014
Conversaciones en la trastienda (2)
(Ilustración: Niños comiendo uvas y melón/Murillo)
Los amores de Gudenina
Estás en tu
casa. Si tú lo dices. ¿Sabes una cosa? Tú dirás. Me gustaría que volviéramos a
la niñez, y a nuestra juventud. Ya es tarde: ¿no te parece? Bueno, sí y no,
porque siempre habrá oportunidad de echar un vistazo atrás, en busca de las
miradas perdidas y los sentimientos olvidados. Lo dudo mucho, porque el tiempo
es un martillo de pedrero, que constante no tiene compasión ni con la memoria.
Nunca podré olvidarme de tu sombrero de paja, que tanto te rogaba tu madre que
llevaras siempre puesto, para resguardarte del sol. Fui un niño demasiado
cuidado. Todo lo contrario de lo que mis padres hicieron conmigo. Puede ser.
¿Recuerdas a Gudenina? ¡Cómo voy a olvidarla! ¿Ves?; te contradices: ni
martillo ni nada, porque siempre queda la memoria. Bueno, es que has tocado el
punto flaco de mis recuerdos. No te perdono que la besaras tú antes que yo. Ni
yo que tú también terminaras besándola. Era una niña preciosa, y encantadora a
más no poder: aún la percibo en mis ensoñaciones de siesta, con sus floreados
trajes de franela y su pamela graciosa, corriendo en mi busca para encerrarnos
en el pajar. No sabía eso del pajar. Como sé que te puede doler, no deberíamos
continuar esta conversación. No te preocupes: los dolores lejanos dejan de
escocer. Allí nos hicimos hombre y mujer, aunque no te lo puedas creer. ¿En la
misma época que me regalaba sus besos a mí? ¡No, hombre!; poco más tarde, justo
cuando tu padre te impedía salir por las tardes para que te dedicaras a
estudiar. ¡Maldito sea! ¿Maldices a tu padre? Sí. ¿Tanto te dolió perderla?
Nunca ha habido otra mujer para mí que Gudenina, no lo olvides, pero lo peor de
todo es que jamás encontraré algo igual por donde ya voy, y todo por culpa de
mi padre: de ahí que lo maldiga. No sabía que hubiera significado tanto para ti
aquella chiquilla de entonces. ¿Te extraña? Sí, mucho. Quizás porque tú seas
tan mezquino como él. ¿Cómo tu padre? ¡Cómo quién va a ser? Lo siento; ya te
digo: no supuse, ni por asomo, que Gudenina fuera algo tan importante para ti.
Tanto que jamás he tocado a otra mujer. ¡No me lo puedo creer, amigo! Yo no soy
tu amigo, recuérdalo bien, a pesar de lo que compartimos en nuestra niñez y
juventud. Me odias, ¿no? Dime sólo una cosa: ¿eres tú el padre del hijo que
parió Gudenina? Ella dijo que sí, pero yo no me lo creo. ¡Eres un maldito
bastardo!
09 octubre, 2014
Conversaciones en la trastienda (1)
(Ilustración: Los borrachos/Velázquez)
Puedes pasar. Gracias. Este es
mi refugio, o mi nido. ¿De amor? Ni muchísimo menos. Parece un sitio agradable,
la verdad. Siéntate. ¿En el camastro? Igual prefieres en esta silla, aunque la
verdad sea dicha: es como mi trono aquí. Eso está bien: sea respetada su
majestad. Perdona que no te haya invitado antes; quizás he debido hacerlo desde
muchos años atrás, pero nunca me he atrevido contigo, y mira que ha pasado
gente por aquí. Bueno, amigo, nunca es tarde; aunque cierto es que me ha
extrañado mucho tu invitación. Necesito hablar contigo, y sólo contigo ahora
mismo, porque me has parecido siempre alguien inalcanzable, o superior a los
demás. ¡Buf!, espero que no me vayas a hacer una proposición deshonesta. No,
hombre: ¡por Dios!; estoy yo para esa clase de cosas. Pues tú dirás. He pensado
en matarme. ¿En suicidarte, dices? Así es. ¡No me jodas!; ¿y para eso me has
elegido a mí, después de tanto tiempo? Ya te lo dije: te tengo en alta
consideración. Para eso no se necesita alforjas, sólo valor, ni amigos a quien
hacer pasar un mal trago. ¿Te interesan las razones? La verdad que no,
pensándolo bien. Me decepcionas. ¿Cómo lo vas a hacer? ¿El qué? La manera, la
forma de quitarte la vida. No lo sé, había pensado al principio que lo ideal
sería una inyección de algo, pero me parece un tanto cobarde, de modo que mejor
morir ahorcado, para que cuando me encuentren puedan valorar mi valentía, y
admiren mi cuerpo pendiendo como el badajo de una campana, elegante a pesar de
todo. ¿No será para que se compadezcan de ti?; así, de esa forma, dejando en el
recuerdo de los demás la imagen de un buen tendero colgado por el forajido de
turno del Oeste: ¡solemne estupidez! No se trata de eso; si al menos hubieras
deseado escuchar mis razones. Dame una sola porque, al fin y al cabo, la vida
también es una sola, sin retorno. Jamás he sido feliz un instante. Entonces ya
estás muerto, desde siempre, así que no te tomes la molestia.
23 julio, 2014
Comunicado de Firmin
Foto: El autor de este texto con la ciudad de Firmin al fondo, Boston.
Debate: "Firmin"
Autor: Sam Savage
Fecha: 23 de julio de 2014
Hora: 19.00 horas
Lugar: Sala Ámbito Cultural de El Corte Inglés
Las Palmas de Gran Canaria
Hola, tú:
En primer lugar, perdona
la intromisión, pero necesito presentarme: me llamo Firmin, y no creo que me
conozcas, aunque si así fuera, ¡por Dios te lo pido!, espero que no tengas un
mal concepto de mí, por ser quien soy y por ser lo que soy, porque estarás
conmigo que no todos los ratones somos iguales, como no lo son todas las
personas, los humanos.
Aunque
pensándolo bien, creo que si ahora, de improviso, estuviera entre tus piernas, que
por despiste nada más rozara tus canillas con mi cola o mis pelos cosquillearan
tus tobillos, el miedo y el asco harían de ti otra persona completamente
distinta, hasta el punto que temerosa de mi presencia, podrías chillar, huir y
hasta mostrarte tan agresiva que igual tratarías de acabar con mi vida,
clavándome el tacón de tu zapato en mi costado para dejarme partido en dos.
Soy
inofensivo, tenlo presente. Apenas soy un ratón de mala muerte, que nací pobre
hasta de mamadas, porque tuve la desgracia de ser el decimotercer y último hijo
de una camada que trajo mi madre al mundo, y la pobre de mi madre, que se llama
Flo, por si no lo sabes, sólo tiene doce pezones. Al fin y al cabo, siempre
tuve una teta cerca, pero casi nunca podía hacerla mía: ¡cosas que pasan en
este ingrato mundo!
Bueno,
en este primer estadio de mi vida que te ando contando, decirte también que en el
infeliz ratón canijo que te escribe, al principio de su existencia, no todo fue
malo, pues tuve una fortuna muy grande: nací en un burujo de papel que mi mamá,
la buena de Flo, arrancó de un libro del gran Joyce y conformó para buscarnos a
mí y a mis hermanos un lugar confortable donde nacer; ah, eso, el libro de
Joyce del cual algo tuvo que pegárseme, y el lugar donde di mis primeros
chillidos de ratón, una maravillosa librería que alentó después mi vida.
No
está mal para ser el principio, ¿verdad?
Recuerdos de chiquito
tengo muchos, de las cosas estrambóticas que hacía mi mamá Flo y de la ciudad
en que nací, Boston, una ciudad muy hermosa hoy pero un caos en aquellos
tiempos que comenzaba mi vida, pues estaba llena de indeseables.
Uno
de esos recuerdos eran las salidas de mamá todas las noches, subiendo a la
plaza Scollay a ratear un rato, vamos, a buscar comida en medio de toda la
basura que tiraban los indeseables, aunque lo malo era que mamá llegaba
borracha, muy borracha, y se tumbaba quedándose dormida enseguida, cosa que
aprovechaban mis doce hermanos para succionar las doce tetas de mamá, menos yo,
porque no me dejaban, aunque eso al final terminó siendo bueno para mí, porque finalizaban
convertidos en unos borrachines todos y se dormitaban enseguida, cosa que
aprovechaba yo, teta a teta y con paciencia sin que nadie me lo impidiera, para
mamar la última leche de cada pezón de mamá, ya sin alcohol y bien limpita. No
hay mal que por bien no venga, ¿no es así?
Bueno, si les digo lo
ocurrido con mi sustento diario, igual no se lo van a creer: a la vista de las
dificultades que tenía para poder seguir alimentándome ante tanta competencia mamaria,
un día, gracias a Dios, se me ocurrió la santa idea de comenzar a comerme el
confeti del libro de Joyce que aún nos servía de nido a todos, y me gustó
tanto, tanto, que cuando quedaba alguna teta libre de Flo dudaba de abalanzarme
sobre ella.
Lo bueno de todo esto,
aunque muchos no lo vayan a creer, es que esta decisión mía de masticar página
tras página no sólo me salvó la vida, sino que constituyó la base nutricional
para alcanzar las cotas de desarrollo mental que nadie podía imaginar y aún muchos
no se lo siguen creyendo: si encima les digo que royendo páginas de aquella
librería terminé aprendiendo a leer y a distinguir, hasta el punto que más
tarde sólo me roía los márgenes de los libros para poder leérmelos todos,
entonces, entonces está claro que la vida nos depara insólitos acontecimientos,
también para un pobre ratón como yo. ¿O no?
Como bien saben, soy un
ratón curioso, y así fui descubriendo los lugares que fueron conformando mi
vida, como el Globo, aquella ranura desde donde podía divisar la mesa y la
silla de Norman, o el Balcón, al otro extremo del techo, cuyo agujero me
permitía situarme sobre las vidrieras altas, desde donde divisaba los libros
raros que guardaba el dueño de la librería llamada Libros Pembroke.
De todas formas, lo mejor
que hice en esos días de mi vida fue no dejar de seguir leyendo, a pesar de
continuar averiguando a través de los túneles, hasta que llegó el momento en
que mamá Flo decidió enseñarnos el mundo de fuera, donde tantos peligros nos
acechaban, como ya he dicho en un lugar llamado Boston. Así de pasada,
recordarles el pasaje de mi primer y último momento de deseo sexual que he
tenido en mi vida, precisamente con mi hermana Luweena.
Cuánto me han ayudado mis
lecturas. Desde que salí al mundo, fuera de mi linda librería, me di cuenta
cómo la persecución y la muerte nos acecha a cada instante, azotándonos a todos
nosotros el terror. Sin embargo, a mí me ha ayudado el valor de la imaginación,
y un ejemplo es que cuando leí el diario de Anna Frank me convertí en Anna
Frank, mitigando así mis miedos.
Pronto
me vi solo, pero lejos de invadirme la tristeza me sentí muy bien, porque supe
de antemano que allí estaban mis inquietudes, que no eran otras que las de devorar
libros uno tras otro, en el buen sentido de la palabra lo de devorar, claro, no
se confundan. Aunque esto no es totalmente cierto, porque al fin probaba los
libros en el almuerzo, comiéndome un poquito de la anteportada de cada uno,
para dejar el texto impoluto, y me percaté de que, lo que bien se come, bien se
lee.
Qué
alegría sentí cuando despejé un nuevo túnel, aparte de el Globo y el Balcón,
que me llevaba a la zona principal del almacén, ofreciéndome un hermoso acceso
a la tienda y su inmenso mundo de libros nuevos, hasta el punto que lo bauticé
como el Cubil de la Rata, aunque dudé en llamarlo la Puerta del Cielo.
Llegados
a este estadio de mi vida no quiero, no me apetece porque no me da la gana,
contarles la experiencia que tuve ante el espejo de la puerta donde ponía
SERVICIOS, porque verme por primera vez no fue como ver a otra rata cualquiera,
muy al contrario, pues la experiencia fue horrorosa, tan horrorosa que nunca he
querido verme reflejado en sitio alguno a partir de entonces.
Sí
deseo contarles que cuando vi, por primera vez, a Norman, sentí en mi interior
que no me sentía solo en el mundo, pues tuve una sensación de seguridad que
nunca había tenido.
A
lo mejor no les está interesando mi historia, pero como buen ratón soy muy cabezudo,
y voy a continuar, pese a quien le pese.
Decirles
que, aunque viajé en mis libros, en un momento dado dejé de comérmelos, de modo
que tuve que buscarme el alimento para sobrevivir fuera de la librería de
Norman, arrastrándome siempre por las bocas de las alcantarillas.
En
una ocasión me encontré con uno de mis hermanos, muerto bajo las ruedas de un taxi.
Lo califiqué de ridículo, cuando yo ya me consideraba un hombre de negocios: mi
negocio eran los libros, el consumo e intercambio de libros.
Desde
luego que mis salidas en busca de comida me proporcionaron una de las mejores
cosas que he disfrutado: el cine Rialto. Aquella sala, abierta las veinticuatro
horas, me ofrecía muchas cosas, desde la propia comida, (barras de caramelo,
palomitas y hasta alguna ración de perrito caliente o jamón ahumado), a
películas antiguas desde por la mañana hasta la medianoche y luego
pornográficas, que tanto me gustaban. No dejaba de ser una hediondez el cine
Rialto, pero allí se produjeron en mi dos grandes confusiones: una, mi
veneración por Libros Pembroke, y otra mis deseos de estar en el cine Rialto,
donde incluso me enamoré de Ginger Rogers, para mi desasosiego.
Libros
Pembroke era una librería muy conocida. Llegué a escuchar a Norman afirmando
que Kennedy, el que fuera después presidente, llegó a pasar por allí a tomar
café y charlar un rato, y hasta Arthur Miller estuvo una vez a comprar una
libro suyo. Qué pena que yo no los pude ver.
En
esta etapa mi de vida, a quien único conocí fue a un escritor bohemio, a quien
Norman llegaba a calificar de majareta y borracho. Tenía una bicicleta
viejísima, pasaba por la librería y luego se iba camino de lugares insospechados
y lejanos, pues llegaba, incluso, a la plaza de Harvard, en Cambridge, al otro
lado del río. Se llamaba Jerry Magoon. ¡Cuánto tuvo que ver en mi vida
posterior el bueno de Jerry Magoon!
Cierto es que, al
principio, me decepcionó en gran manera, cuando le afirmó a Norman que tenía
una novela en marcha sobre una rata, de las peludas, a quien todo el mundo iba
a odiar en grado sumo.
Aunque parezca mentira,
un día, revolviendo en las partidas de nuevos libros que llegaban a Libros
Pembroke, me encontré con un libro titulado El
nido, cuyo autor era nada más y nada menos que E. J. Magoon y en su
cubierta aparecía una enorme rata con los ojos inyectados de sangre y sangre
goteándole de los colmillos.
El
tiempo pasaba. Libros Pembroke seguía siendo mi casa, pero las noticias que
traía el periódico eran deprimentes, pues la muerte se cernía sobre aquel lugar
donde nací, me crié, aprendí a leer y a conocer la vida, siempre junto al lado
de Norman Shine.
Recuerdo
que una noche, Norman, después de echar el cierre a la librería, regresó de
nuevo, y se echó a llorar: me dieron ganas de salir de mi escondrijo, arrojarme
a sus pies y besarle los zapatos, para darle ánimos.
Fue
aquel momento el de mayor cercanía entre Norman y yo, pero como suelo afirmar
los grandes amores se transforman en grandes odios, la callada paz deriva en
estrepitosa guerra, el tedio infinito genera enorme excitación.
Pasó
el fin de semana y, llegado el lunes, quise saber cómo andaba de ánimos el
señor Shine, si andaba igual de triste y yo podría prestarle alguna ayuda, pero
ocurrió algo insólito, algo que casi me arruina la vida.
Norman,
como siempre se tomaba su café mañanero mientras leía el periódico. Yo estaba
en mi escondrijo, atento por si lo invadía el menor síntoma de congoja, o de dolor.
Pero fui tan torpe, tan torpe, que me vine a dar cuenta muy tarde que si yo
podía ver su ojo él también podía ver el mío: durante un buen rato nuestras
miradas se cruzaron.
Sinceramente,
quise ver amor en aquellos ojos de Norman Shine, y me dije que ya no estaba
solo en la vida, y mucho más después de comprobar que el librero me había hecho
una visita y de regalo me dejó un montoncito de extraña comida con un sabor tan
delicioso como extraño, hasta que descubrí, para mi desgracia, que hay amores
que matan.
No
crean que estoy loco, pero sepan todos ustedes que, a pesar de la mala
experiencia ocurrida con Norman Shine, nunca he renunciado a mantener una
conversación con los humanos, y aunque me resultaba imposible, se me ocurrió la
idea de hacerlo mediante signos, como los que usan los sordos para comunicarse.
Para
no cansarles, al final, logré aprender a decir adiós-cremallera, cremallera-adiós, claro que a quien único podía
decirle eso era a un sordo, de todas formas, algo había que hacer, y me dirigí
al parque Common y enseguida alcancé el jardín público.
Puedo
decirles que puse todo mi empeño, y me percaté incluso de que estaba
consiguiéndolo ante dos mujeres y una niña, pero al final la gente gritaba: ¡una rata, una rata!; le ha dado un pasmo; una
ardilla no es, desde luego; ¡tiene la rabia!; hasta que un hombre trató de
hincarme su bastón en mi barriga y, aunque no lo consiguió, logró dejarme
inútil de la pierna izquierda, a pesar de que finalmente alguien gritó: ¡no le hagan daño!
En fin, no hay mal que por bien no
venga, ¿verdad?; gracias a Dios.
Qué
suerte tuve de que me rescatara de las iras humanas Jerry Magoon, al fin y al
cabo el segundo ser humano a quien amé.
Con
qué cariño me trató. Cómo me subió a su casa, me arropó y me dio de comer.
Gracias a sus cuidados, creo, mi pierna mejoró con rapidez y en una semana ya
podía apoyarme de nuevo.
Aunque
empezó llamándome “jefe”, cosa que no me gustaba, terminó nombrándome como
Ernie, y eso sí que me gustó, por lo de Ernesto, más bien, por lo de Ernest
Hemingway.
Como
Jerry pasaba mucho tiempo fuera, yo aprovechaba para husmear en su biblioteca,
hasta que un día se presentó de improviso y me cogió leyendo: recuerdo, sí,
que primero se quedó muy sorprendido,
luego le pareció divertido y finalmente, creo yo, se quedó convencido de que yo
no leía de verdad, que hacía el tonto, vamos.
A
Jerry le gustaba mucho rebuscar en la basura cosas estropeadas que después
trataba de arreglar, para luego regalárselas a la gente. Un día llegó a casa
con un piano de juguete, y después de muchas horas de trabajo logró arreglarlo,
que las teclas volvieran a funcionar, y terminó
regalándomelo. Cuando lo toqué por primera vez, Jerry se reía tanto que se
le escapaban lágrimas cara abajo.
Cómo
temía yo las salidas de Jerry en sus estados melancólicos, también sus enormes
borracheras. Más de una vez tenía que ir en su busca, porque temía que hiciera
alguna tontería y terminara con su vida.
Recuerdo
agarrarlo de la manga y pedirle, por favor, que volviera a casa, le rogaba incluso
diciéndole que lo necesitaba, hasta que, al final, lograba convencerlo. Cómo
nos miraban los parroquianos del bar y cuánta pena les dábamos.
Aunque
la casa y la compañía de Jerry eran muy agradables para mí, no dejaba de estar
en una cárcel y echaba en falta la librería y mis salidas al Rialto y a sus
mujeres hermosas.
Al
final me propuse la Construcción del Gran Agujero, y lo conseguí, y cuando salí
por primera vez me hubiera gustado dejarle una notita a Jerry para que no se
preocupara por mi ausencia, pero no lo hice.
Total,
que con grandes esfuerzos, bajando pisos, construyendo el conducto que bauticé
como el Ascensor, llegué al sótano de Libros Pembroke, y allí acudía cada vez
que el bueno de Jerry Magoon se ausentaba, aunque terminó por descubrir mis
paseos, pero no se enfadó por ello, al contrario, me preguntaba cómo me había
ido.
Qué
cosas tan bonitas viví con Jerry, como aquella mañana que me llevó al parque
Common por primera vez, saliendo de nuestra casa yo encima del hombro de él.
Nos instalamos al lado de la estación de metro
de la calle Park y allí, Jerry, de improviso, colocó un cartel que decía
VENTA DE LIBROS NUEVOS FIRMADOS POR EL
AUTOR. Así volví de nuevo al negocio de los libros.
Si
he de serles sinceros, el negocio para Jerry no iba más allá que de vender unos
cuantos ejemplares de su libro El nido
y, de propina, él le regalaba otro al comprador.
De
aquella experiencia, lo más bonito quizás, es que los amigos de Jerry y los
curiosos que se paraban en el puesto,
todos, mostraban un gran interés por mí, y hasta alguno se llegó a despedir de
mí con un hasta luego, tío. Era gente
variopinta, eso sí.
Cuántos
y qué buenos momentos vivimos juntos Jerry y yo: aquellos desayunos de café con leche y leer a un tiempo los dos
el periódico, como el día que él afirmó que se avergonzaba de su condición
humana, por las cosas de los nazis; las cenas, con nuestro plato favorito de
estofado de ternera que Jerry solía acompañar con un arroz preparado por él
mismo; aquellas veladas de los dos en el viejo sillón de cuero escuchando
música de Charlie Parker y Billie Holliday; tomándonos nuestros vinitos en el
mismo vaso, porque yo no tenía; los dos medio borrachos o borrachos enteros, yo
cayéndome en su regazo y Jerry, cariñoso, riéndose a carcajadas
Llegado
el mes de octubre, no sé por qué, me dio por pensar en la muerte, y me
preguntaba qué podría ocurrir si Jerry llegara a casa una tarde y me encontraba
muerto: ¿qué haría?, ¿me tiraría a la basura cogiéndome de la cola?, ¿y qué
otra cosa podría hacer? Desde luego que odiaba la idea de que me agarrasen por
la cola y me tiraran a la basura.
La muerte siempre acecha, por desgracia. Una
noche, despierto yo en mi caja y
hablando conmigo mismo, esperando como acostumbraba la llegada de Jerry, pues
siempre solía hablarme un rato sentado en el borde de su cama, escuché el
característico chirriar del portal abriéndose y cerrándose, los pasos de Jerry
tan familiares subiendo los primeros peldaños, el silencio de cuando descansaba
en el primer rellano, luego ya casi llegando a casa, y más tarde el ruido, el
tremendo ruido cuando una persona se cae escaleras abajo.
¡Qué
desesperación la mía por no poder ayudar a Jerry! Al final, desde mi Globo, en
la librería, al día siguiente, me pude enterar que le había dado un ataque al
corazón, pero que estaba vivo, aunque dos semanas más tarde, desgraciadamente,
escondido debajo del fregadero, vi llegar a los padres de Jerry y a un supuesto
hermano, que no se interesaron sino por una caja de zapatos llena de cartas,
que leyeron porque eran sus propias palabras.
A partir de aquel momento,
sinceramente, me percaté de la desgracia que supone estar solo en la vida.
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