27 julio, 2015

Conversaciones en la trastienda (4)



(Ilustración: Les Alyscamps/Paul Gauguin)


Los colores del sentir


Siempre lo he pensado. ¿A qué te refieres?  Lo tengo claro. No te entiendo. Es del color de las paredes de esta trastienda. ¿De qué me hablas? Del silencio. ¿Quieres decir que el silencio tiene color y, además, es amarillo? Sí, sin duda alguna. ¿Estás bien?: ¿en tus cabales? Nunca he estado mejor. Bueno, si tú lo dices; aunque me vendría de perlas una explicación, por mínima que sea, porque me haces sentir incluso un poco tonto. Es normal. ¿Ah, sí?; ¡caramba!; desde luego, no me había percatado que mi mente es estúpida, porque hasta ahora no ha reconocido color alguno que pinte el silencio. Tampoco te molestes, amigo mío; hay cosas que se les escapan a uno, por muy evidentes que sean. ¿Evidente que el silencio tiene color? Sí, como el desamor, por ejemplo. Ah, que también tiene color el desamor; ¡joder!, me dejas asombrado; ¿y de qué color es el desamor?; dímelo, por favor, para no comprarme jamás una camisa igual. El desamor es de color negro. ¡Vaya!; pues hasta me parece bonito para lo que significa el desamor; sin embargo, no me pega mucho el amarillo para el silencio. Todo tiene su explicación, querido; a ver cómo te lo aclaro: el amarillo es llamativo, de modo que muy parecido al silencio, que también lo es; acaso, ¿no nos pasamos la vida hablando?, pues cuando no lo hacemos llamamos la atención, ¿o no?, parece como si estuviéramos un poco muertos, o perdidos, sin juicio aparente. ¡Caramba con esta trastienda!: ¡cuántas cosas aprende uno aquí dentro! No es el lugar, ni el ambiente que pueda haber, son los pálpitos de la vida, de cada uno, en este caso de mí mismo. Sí, quiero entenderlo. El otro día, y no te lo vas a creer, me topé con la ansiedad. Y tiene color, claro. ¿Te mofas de mí? ¡No, hombre!; pero si el silencio es de color amarillo y el desamor de negro, quiero pensar que la ansiedad también estará pintada; y por qué no, claro, a la vista de tu sabiduría. Aunque sé que no me estás creyendo nada en absoluto, no me importa, porque terminaré convenciéndote de lo que estoy diciendo: ya lo comprobarás cuando salgas de aquí y seas capaz de pensar. ¡Buf!; ahora hasta me asustas, amigo; pero fíjate, me voy a atrever: pintaré para ti la ansiedad, y a lo mejor hasta acierto. Al fin parece que te ha llegado la cordura. La ansiedad, sí, la ansiedad es de color rojo, seguro. No ves más allá, querido amigo, de un palmo de tus narices. ¿Ah, no es de rojo? No, estás confundido; no sé por qué me da que aún no has encontrado una explicación a tu existencia. ¡Joder! De rojo es el amor, hombre; no, si al final vas a ser tonto, y que conste que esto lo has dicho tú, no yo. ¿El amor de rojo?; ¡caramba, caramba!; pues si te digo la verdad, yo lo hacía blanco, blanco y puro con un toque cristalino. ¡La ansiedad sí que es de color blanco!; piensa un poco, ¡por Dios!; ¿en qué mundo vives o qué has hecho de tu vida en este mundo?; me resulta inexplicable que estés tan ciego, o seas tan ciego de la realidad de tu existencia. Dame una explicación, por favor, pues me estás hundiendo en la miseria: ¿cómo puede ser blanca la ansiedad? Simple y llanamente porque la pureza que encierra el blanco es inalcanzable, amigo mío, y todos tratamos de alcanzarla para encontrar la paz, pero nunca la hallamos, y eso se convierte en un sinvivir, y eso es la ansiedad mostrando su blancura, siempre presente como una novia también de blanco que jamás llega al altar, porque algo o alguien se lo impide. ¡Me vuelves loco!; ¡ya creo que estoy loco de remate!; ¡quiero acabar con esta conversación! Tampoco te lo tomes así. Dime, al menos, por qué el desamor es negro, y ni una palabra más. Porque se le ha apagado la luz al corazón, sin más. ¡Nunca más pisaré esta trastienda que ahora me parece inmunda! No me digas eso, amigo mío, que sabes bien de nuestro aprecio mutuo durante tantos años. Me voy, jamás volveré aquí, salvo que encuentre el color de mi alma, que no sé si será igual que el de la tuya.

05 junio, 2015

Retrato de treinta suspiros para una vida


Presentación libro: Todos sus cuentos
Autor: Víctor Ramírez
Lugar: Club La Provincia
LAS PALMAS DE GRAN CANARIA
Fecha: 5 de junio de 2015

Para Víctor Ramírez

El hombre se acercó taciturno a la alacena, cogió la taza vacía que allí solía guardar desde mucho tiempo atrás y se dirigió a la cocina, donde se preparó una infusión de manzanilla, no porque le apeteciera, como de costumbre a la tardecita, sino porque tenía un salto en la barriga que no lo dejaba en paz, de nervios, seguro, ya que llevaba unas horas sonándole en la cabeza el aplauso que le regalaba mucha gente, de aquí y de allá, pero que no veía, y entonces le invadía una especie de regocijo un tanto inconcebible o más bien inexplicable, que lo desestabilizaba, porque él nunca quería que le reconocieran nada, menos su trabajo y su dedicación perennes durante tantos años, pues al fin y al cabo, si él escribía era en primer lugar porque le gustaba, en segundo lugar porque daba rienda suelta a su inconformismo y, en tercer lugar, porque tenía una obsesión vital desde muy joven por remover conciencias en pos de una vida mejor para todos y una sociedad libre sin cortapisas que pocos entendían.
         Suspiraba. Hablaba a solas sin parar, cuando no le daba por cantar alguna ranchera o un corrido mejicano. A veces se decía menos da una piedra, a lo mejor pensando que debía dar más de sí mismo, sin embargo, lo curioso, es que a viva voz pregonaba una frase que nadie entendía, tal vez él sí, una frase que después de muchas discusiones, los que le escuchaban convinieron que era al otro lado del otro lado, aunque nadie se ponía de acuerdo en su significado, en qué quería el hombre decir con ella, pues mientras unos comentaban que al otro lado del otro lado se hallaba la libertad, otros afirmaban que era el lugar de la mala conciencia de los que mandaban y más de dos y de tres estaban convencidos de que se trataba del rincón donde malvivían  los pobres, los marginados de por vida, lo malo es que el hombre rubricaba sus frases sueltas al viento con otra aún más incomprensible para todos, una frase más abierta aún que desataba mil y una especulaciones: pero como si no; pero como si no qué, pero como si no lo entendieran, pero como si no pudiera transmitir sus pensamientos a pesar de la lucha constante por hacerlo, pero como si no se diera cuenta nadie de lo que ocurría, pero como si no los mandones perdieran la conciencia de sus desmanes; ¡cualquiera sabía!
         Gemía apenas el hombre. Deliraba a veces. Miraba tras las rendijas de los amaneceres o en los huecos de la noche cerrada. Cantaba a escondidas. Sonreía en ocasiones sin ton ni son, quizás cuando encontraba una palabra que le iba a servir para transmitir a los demás sus alientos a través de la escritura, como un poeta, como el poeta que se alimenta de carroña si fuera preciso, como tantas veces había hecho él con sus grafías, echándolas a volar igual que si se tratara de palomas mensajeras, unas con olvidos y otras con recuerdos, lo mismo daba que se tratara de una Nochebuena que de una mala noche donde las pesadillas se lo comían por dentro.
         A pesar de todo, no se dejaba asustar el hombre por la vida, todo lo contrario, buscaba en ella los resuellos aquí y allá, y a fe que los encontraba, aun cuando la esperanza hecha piedra trataba de coartar sus pálpitos y pasiones, también sus estremecimientos y sus sosiegos, y le daba igual al hombre que ese martirio de la vida fuera despierto o dormido, como una noche, cuando soñó que había perdido un ojo y se había quedado sólo con un ojo de pulga en el centro de su frente, que más tarde le sería arrancado por una bala de goma en una de las manifestaciones a las que tanto le gustaba acudir para gritar ¡libertad!, en definitiva, el soñador de sueños imposibles o el escritor y un miedo más, como siempre le había pasado en la vida, ora de joven ora de viejo, tal vez por pensar, sobre todo por querer pensar y después transmitir sus pensamientos a los demás, a sabiendas de que encontrarían oposición en otros muchos que sin ser sordos ejercían como tales, para su desgracia, aunque el hombre definía eso como rutina, rutina, y se convencía a sí mismo de que debía continuar, por más chantaje bendito que le cayera encima, quizás porque como decía buscaba lo más hermoso de mi vida, de su vida, a pesar de que a menudo sufría por el hedor de esquirola, que le llegaba de aquí y de allá, por más que trataba de soslayarlo, de pasar girando la cabeza al otro lado para no dejarse embaucar.
         Nadie sabía el porqué, pero lo cierto es que el hombre tenía como favorita la frase Diosnoslibre, toda junta, toda juntita diría él, sin separaciones de las tres palabras, porque si no fuera así significaría otra cosa, seguramente, algo muy distinto, como cuando se le escuchaba muchas veces en un susurro decir precisamente, como si de una sentencia se tratara, con un asentimiento firme y categórico: precisamente las cosas son así y no de otra manera, que lo decía él que lo había vivido y sufrido en sus propias carnes.
Le gustaba el mar al hombre, pero sobre todo la arena rubia, para pisarla y verse las huellas que iba dejando como si fuera su vida misma, también para tumbarse y desparramar su mirada en derredor, incluido el horizonte lejano, observando la hermosura que lo rodeaba, porque los ojos siempre son niños, podría decir pero nunca lo dijo, si bien era cierto que hablaba de la tercera mitad del cariño, sin explicar cuál era la primera y la segunda mitad del cariño, aunque lo más probable es que sería algo bueno, algo amoroso y placentero, porque del hombre no se podía esperar otra cosa, que luego plasmaría en sus universos particulares repletos de belleza y sugerentes por sí mismos para hacer pensar a los demás, sin remedio, de la misma manera que hacía cuando hablaba de don Régulo Alcántara, o de Elías Arcángel Bermúdez, incluso cuando se preguntaba de forma machacona, pesado como él solo pero lleno de ilusión, por qué me acordaría de Ferminito Ñeca y demás, por no mencionar sus palabras acerca de un tal capitán Tibicena, pues el hombre conocía no sólo de pescadores, soldados y marineros, sino también de capitanes y de quien se le terciara, fueran pobres o ricos del barrio o de lugares lejanos.
El hombre paseaba por la vida, y meditaba, en ocasiones martirizándose a sí mismo, también luchando a brazo partido  para evitar dejarse domar, hasta el punto de mostrar su rebeldía, cuando no su pasmo o estupor, llegando a la conclusión de la indómita contumaz estupefacción, como solía denominar aquellos momentos suyos de supervivencia o de flojera para ir afrontando la vida, hasta que llegaba el momento crucial y cogió el lápiz para escribirle al primero que se encontrara que ya le seguiré contando de mi existencia, y cuando le replicaba su interlocutor se limitaba a lanzar como un dardo al aire una sola pregunta, simple, muy simple: ¿y qué?, al fin y al cabo, como afirmaba sobre sus planteamientos, porque así fue aunque a lo largo del camino de la vida pudieras estar equivocándote de trampa.
Recordaba a el Chillón, cuando decía mejor me callo, porque tampoco el hombre se creía estar en posesión de la verdad absoluta, sin embargo, comedido, él era consciente que tras aquel partido, que no era otro que el de la vida contra su lucha constante, se sentía más ganador que perdedor, porque en todo lo que había hecho fue dejando hasta su alma.

Terminó el hombre diciendo allá ustedes, probablemente dando a entender que ahí dejaba su obra, su literatura, para que pensaran, para que fueran mucho más allá de donde él siempre quiso ir, o mucho más acá, daba igual, porque lo importante, el rezumo, quedaba en las letras que el hombre iba arrojando tras de sí para que degustaran los demás, desprendido como él solo sabía serlo. 

01 abril, 2015

Conversaciones en la trastienda (3)


(Ilustración: Después del baño/Sorolla)

Debate: Para Isabel. Un mandala
Autor: Antonio Tabucchi
Fecha: 18 de marzo de 2015
Lugar: Sala Ámbito Cultural de El Corte Inglés
            Las Palmas de Gran Canaria

                               Conversación con Isabel


Puedes pasar, Isabel. Gracias. Espero que te guste mi trastienda. Bueno, no sé, depende de tus intenciones; de todas formas, me parece un lugar placentero. No sé por qué dices eso. Tú sabrás lo que has pensado, y quizás hasta comentado durante todo este tiempo ¿A qué te refieres? Parece mentira que preguntes. No será por el mandala que pretendo confeccionar para ti. ¿Ah, si?; ¿un mandala para mí? Dejémoslo aquí, ¿te parece? Como tú quieras. Dime, ¿recuerdas a Mónica? Cómo no voy a recordarla, al fin y al cabo fuimos muy buenas amigas de juventud. Me ha hablado muy bien de ti, y recuerda con cariño la pesca de ranas, el cabrito que atado a una cuerda paseaban las dos por Barcelos y hasta el pan con forma de órgano viril que solían comprar y mostrar ante la vista de todos. Cosas de chiquillas, sin duda, pero fueron aquellos unos bonitos tiempos, unos veranos maravillosos, pero todo terminó cuando mis padres murieron en aquel maldito accidente de coche, aunque tampoco perdí mucho, no creas. ¿Es verdad que te convertiste en la universidad en una líder revolucionaria contra el fascismo imperante? Me convertí en mí misma, nada más. Dos poetas libres que nos honran, porque la poesía libre está hoy proscrita; ¿son palabras tuyas, no? Sí, lo son, pero lo que no sé es por qué tú las conoces textualmente; de todas formas, ya que veo el interés que tienes por mi vida, decirte que si ser yo misma supone convertirse en una revolucionaria contra el fascismo, pues lo soy, como también fui miembro del partido comunista, ¿y qué? Te alejaste de todo el mundo, Isabel, hasta el punto que todos los que te conocíamos apenas supimos nada de ti, de tu vida, de ahí tantas conjeturas acerca de tu persona, de ahí que te convirtieras para mí en un mandala que por más círculos que construya nunca he podido cerrarlo, alcanzar su centro. ¿No será que te buscas a ti mismo? Son muy injustas tus palabras, Isabel; he vivido durante mucho tiempo por ti y para ti; ha llegado a mis oídos que estabas embarazada de un supuesto novio español o de un escritor polaco, que fuiste abandonada por todos, excepto por tu tata y tus compañeros comunistas porque habías decidido abortar, que caíste en una depresión y te hallabas escondida en un lugar secreto que nadie se atrevía a revelar, incluso que te suicidaste, cosa que confirmó una necrológica publicada en el periódico donde se invitaba a la celebración de una misa en tu recuerdo. ¡Cuántas cosas te imaginas, Dios mío! No me he inventado nada, Isabel, puedes creerlo, y si no, contesta a mis preguntas: ¿sufrías asma de pequeña?, ¿tenías problemas psicológicos? ¿Quién te lo ha dicho, Bi? Sí, Bi: tu tata, tu nodriza. ¿Cómo te has atrevido?; ¿hasta ese punto has investigado mi vida?; ¡no tienes perdón! No te molestes, Isabel, sólo construí con esa buena mujer, quien tanto te quiso, un círculo más para tu mandala. ¡Es inaudito! ¿Sabes lo que me dijo? ¿Qué te dijo, mal hombre? Que de joven pensabas que todos los adultos tenían un amante, que tu madre tenía un amante en el cura párroco, que tu padre tendría seguro una amante en París, y hasta que asegurabas que cuando fueras mayor tú misma te buscarías un amante, un hombre engreído, que harías que se enamorara perdidamente de ti y luego procurarías que se muriera a fuerza de los disgustos que tú intentarías darle. ¿No te comentó que maté a alguien? No, Isabel, pero sí me citó a una intérprete de jazz, Tecs, que solía homenajear a Sonny Rollins tocando su saxofón, muy buena amiga tuya, por cierto, cosa que pude comprobar hablando con ella. ¡Eres un caradura! No, simplemente quise seguir adelante, encontrarte Isabel, y trazar mi tercer círculo del mandala en el cual cifraba todas las esperanzas de saber de ti. No me lo puedo creer, la verdad. Fue ella quien me dijo que habías sido detenida y que supo que te hallabas en la prisión de Caxias, incluso que cuando volvió de Estados Unidos le dijeron que te habías suicidado tragándote unos trozos de cristales, pero yo no la creí, porque investigué hasta en los archivos del ayuntamiento y allí no existía certificado de defunción alguno tuyo, por mucha necrológica que se hubiera publicado en el periódico. ¿Y qué hiciste si se puede saber? Pues dar un paso más, construir un nuevo círculo que me ayudara a acercarme a tu existencia, y de ahí surgió un caboverdiano, que fue carcelero en Caxias muchos años atrás, apellidado Almeida pero que le gustaba que lo llamaran Tío Tom, y que tú no habrás olvidado. Desde luego que no, no olvidaré jamás a aquel buen hombre. Me alegro de que reconozcas algo. ¡No sé si odiarte o…! Con qué cariño te recordaba, a golpe de sorbitos de cachaza, hasta el punto de considerarte como una hija, una caboverdiana más, a pesar de tu pelo rubio; la señorita no esperaba ningún niño, me llegó a decir con una dulzura extrema; todo era un gran embrollo, me afirmó de manera contundente; ¡y tanto que lo era, Isabel!, lo tuvo que ser para ti, pues de qué manera pasaste de ser presa de la policía política a hermana de presa que se moría camino del hospital al haberse tragado unos cristales, cómo te fugaste gracias a la ayuda de aquel buen hombre colaborador de la Organización, y hasta me contó, revelando su gran secreto o el secreto de su vida, que el rostro de la Organización era un tal Tiago, fotógrafo de profesión. ¡Eres un maldito sabelotodo! No, Isabel, has sido la obsesión de mi vida. Te engañas de manera miserable: has sido la obsesión de ti mismo. Aunque no lo creas, Isabel, mi cariño fue grande, al verte en aquella fotografía que me dejó Tiago, con un abrigo oscuro en el mostrador de facturación de un aeropuerto y a tu lado una minúscula maleta, camino de Macao, en dirección a la casa de un cura católico, adonde te envió Magda para alejarte definitivamente de la persecución fascista. Caramba, ¿también conociste a Magda? Sí, y hablé con ella gracias a la mediación de un murciélago, en la cueva de Camoes, aunque tú no lo creas. Ya no caben más sorpresas en mí, desde luego. Pues aún tendrás que escuchar unas cuantas más, porque Magda trató de engañarme, afirmándome que tú te habías tragado dos tubos de pastillas con no sé qué agua y que escribiste una carta para ella, una carta de despedida para su amiga Magda. ¿Y no fue así, no morí así? Nadie mejor que tú lo sabes, y también ella o el dichoso murciélago, pues tuvo que reconocer que yo había desenredado la madeja, cuando le dije todo lo que sabía hasta aquel momento, aunque necesitaba un paso más, o el siguiente paso, que no era otro que el de saber quién era el cura de Macao con el que te mandó. ¿Y te lo dijo? Aunque lo sé, porque claro que me lo dijo, también podrías decírmelo tú misma, para que esto no sea un diálogo de sordos. No, yo no, eres tú el obsesionado por conocer de ti a través de mí. Bueno, dejémoslo; como bien sabes, Magda te envió con el padre Domingos, quien dirigía una leprosería en Coloane, pero me encontré con un cura católico que decía conocerlo y me afirmó que había muerto hacía unos seis años, si bien, cuando le enseñé tu foto, a pesar de ser católico, me recomendó que acudiera a un animista, a un poeta animista conocido como el Fantasma que Camina. Claro, ¿y así pasaste de un círculo a otro círculo para satisfacer tu curiosidad? Así es. No tienes derecho a perseguir mis huellas. Sabes que sí, Isabel; pero escucha, el Fantasma que Camina, después de rocambolescas diatribas en torno a su poesía y a la mía, me preguntó que para qué quería yo buscar una sombra que pertenece a la literatura, a lo que le contesté que quizás para hacerla real, para dar un sentido a su vida –tu vida- y a mi descanso. ¿Ves como tengo razón?: ¡si sólo piensas y has pensado en ti! Calla, por favor, Isabel, déjame decirte que el poeta me afirmó que si yo estaba haciendo círculos concéntricos, esos círculos quedaban en manos de mi creatividad e imaginación: he aquí mi interés por ti, sin duda alguna. ¿Y no te dijo nada más ese gran hombre? ¿Te mofas de mí? Quizás. Bueno, no voy a hacer caso de tu actitud hacia mí, pero sí decirte que me remitió a un castillo que debería buscar en la patria de Guillermo Tell, donde encontraría a un hombre, más bien a un santón que venía de la India. Desde luego, es asombrosa tu imaginación, querido. No, Isabel, es asombrosa la vida, nuestras existencias, también asombrosos nuestros recuerdos de las personas que amamos o hemos amado. ¿Todavía te quedan más círculos para completar mi mandala? Sí, Isabel: dos, o uno y el último que eres tú. Soy toda oídos. Gracias por escucharme, en esta trastienda de mala muerte, y ahora más que nunca, porque he decirte algo hermoso, algo bello de una mujer que conocí tras encontrar el castillo de marras… No, si al final me van a conquistar tus palabras. Conocí a Lise, una madre que tuvo un hijo y que la naturaleza se lo arrebató, una mujer que sólo te puedo definir con sus propias palabras: la naturaleza  se había comportado con mi hijo como una madrastra, no queriendo dotarlo de ciertas facultades… yo lo quería como sólo se puede querer a un hijo, porque a un hijo se quiere más que a uno mismo, mucho más que a uno mismo, así se quieren a los hijos. Me pones mala con tus palabras. Escucha, Isabel: aunque Pierre, su hijo, no se comunicaba, tenía su forma de inteligencia, y ella la entendía, de tal manera que él le decía mamá te quiero mucho y la mujer le contestaba Pierre, eres mi vida entera, pero la vida se lo arrebató, porque la vida, según ella no sólo es madrastra sino también malvada, y yo estoy de acuerdo con ella. ¡Me descorazonas!; sigue, por favor. Me alegro de que al fin me entiendas, Isabel; le dije a Lise que yo intentaba llegar a un centro, que había recorrido muchos círculos concéntricos y necesitaba alguna indicación y que por eso había llegado hasta aquel castillo; al final, me preguntó que si yo creía en los círculos concéntricos, pero le dije que no lo sabía, que sólo trataba de buscar, porque lo importante es buscar, cosa de la que ella estuvo en completo acuerdo conmigo. ¿Y no me dices nada más de esa Lise? No, Isabel, sólo me queda el santón, a quien pregunté por ti, si podía darme noticias tuyas, rogándole al propio tiempo que me ayudara para llegar a mi centro, a mi mandala para ti. ¿Y qué te dijo?; desde luego que has terminado por conquistarme, tus palabras me están matando poco a poco, tu voz y tus susurros me enamoran. Me dijo que tú estabas en Nápoles, y ante mi pregunta de a quién debía recurrir para encontrarte, me contestó: los mandala deben ser interpretados, pues de lo contrario sería demasiado fácil buscar el centro, así que me dibujó una luna en el centro de una hoja de escritorio, que debía interpretarla a mi gusto, esperando que mi sensibilidad supiera guiarme. Me estremezco: debería salir cuanto antes de esta trastienda. Espera; déjame terminar, pues ya queda poco de tu mandala. En fin, tú dirás. Terminé conociendo al Violinista Loco, quien se atrevió a decirme que era él quien dirigía los círculos concéntricos o, más bien, sus estaciones, afirmándome que habíamos llegado al centro, al propio tiempo que me pidió tu fotografía para colocarla en el mismo centro del círculo. ¡Dios mío!; no sé si debo seguir escuchándote, la verdad. Fue entonces cuando te vi: tú me tendiste la mano y yo te la estreché, luego tú te levantaste el sombrerito con velete y yo te di un beso en una mejilla. ¡Estás loco! Finalmente, subimos en un trasbordador, tú me dijiste que estábamos en nuestro entonces, que estábamos en la noche que nos dijimos adiós, pero yo te dije que no podíamos estar en el entonces y en el ahora, y luego tú me replicaste que estábamos en el presente de los dos y yo te estaba diciendo adiós. ¡Cómo complicas las cosas, la vida en sí misma! Necesito saber qué ha sido de tu vida, Isabel. Tú ya la sabes toda, has edificado con sabiduría tus círculos, pero pienso, como te he dicho ya de alguna manera, que tú crees haber realizado una búsqueda en pos de mí, pero tu búsqueda era sólo en pos de ti mismo. ¡Maldita sea la vida!; ¡no te entiendo, por Dios! Sólo has querido liberarte de tus remordimientos, no era realmente a mí a quien buscabas, sino a ti mismo. Tú, precisamente tú, no puedes pensar eso de mí, Isabel. Quedas liberado de tus culpas, no tienes culpa alguna, no hay ningún bastardillo tuyo por el mundo, puedes irte en paz, tu mandala se ha completado. ¡Cómo puedes decir eso!; por favor, Isabel, no vuelvas a decirme adiós otra vez. Sí, claro que puedo: adiós, no nos volveremos a ver jamás.

18 diciembre, 2014

Felicitación Navidad 2014



(Ilustración: Vieja friendo huevos/Velázquez)




Tenía hambre. Su ínfima sonrisa daba la impresión de hallarse partida en dos. Allá, lejos, quedaron sus padres sin un trozo de pan que echarse a la boca. No dejaba de mirar, de observar a la vieja de aspecto pobre como él que freía huevos a diestro y siniestro. Los olores que percibía le provocaban una ansiedad infinita. Por unos momentos, desde luego que sin pensar las consecuencias, quiso sacar los arrestos necesarios para acercarse a la mujer, meter las manos en la sartén y hurtarle aquellos dos huevos ya casi fritos, pensando en que uno sería para su padre y otro para su madre. Meditó. Se acercó unos pasos, tímido, más bien asustadizo. Respiró hasta lo más hondo, y agachó la cabeza, quedándose quieto como un pasmarote, tal vez esperando un milagro que le ayudara a cumplir su objetivo. Pasó el tiempo, fugaz, y a hurtadillas observó que la mujer depositaba los dos huevos en una especie de cuenco, justo antes de llamarlo y felicitarle la Navidad entregándole aquel regalo maravilloso.

                                                                                           Antolín Dávila

                                                              
www.antolindavila.com                                                                    www.antolindavila.blogspot.com





04 noviembre, 2014

Conversaciones en la trastienda (2)


(Ilustración: Niños comiendo uvas y melón/Murillo)


Los amores de Gudenina


Estás en tu casa. Si tú lo dices. ¿Sabes una cosa? Tú dirás. Me gustaría que volviéramos a la niñez, y a nuestra juventud. Ya es tarde: ¿no te parece? Bueno, sí y no, porque siempre habrá oportunidad de echar un vistazo atrás, en busca de las miradas perdidas y los sentimientos olvidados. Lo dudo mucho, porque el tiempo es un martillo de pedrero, que constante no tiene compasión ni con la memoria. Nunca podré olvidarme de tu sombrero de paja, que tanto te rogaba tu madre que llevaras siempre puesto, para resguardarte del sol. Fui un niño demasiado cuidado. Todo lo contrario de lo que mis padres hicieron conmigo. Puede ser. ¿Recuerdas a Gudenina? ¡Cómo voy a olvidarla! ¿Ves?; te contradices: ni martillo ni nada, porque siempre queda la memoria. Bueno, es que has tocado el punto flaco de mis recuerdos. No te perdono que la besaras tú antes que yo. Ni yo que tú también terminaras besándola. Era una niña preciosa, y encantadora a más no poder: aún la percibo en mis ensoñaciones de siesta, con sus floreados trajes de franela y su pamela graciosa, corriendo en mi busca para encerrarnos en el pajar. No sabía eso del pajar. Como sé que te puede doler, no deberíamos continuar esta conversación. No te preocupes: los dolores lejanos dejan de escocer. Allí nos hicimos hombre y mujer, aunque no te lo puedas creer. ¿En la misma época que me regalaba sus besos a mí? ¡No, hombre!; poco más tarde, justo cuando tu padre te impedía salir por las tardes para que te dedicaras a estudiar. ¡Maldito sea! ¿Maldices a tu padre? Sí. ¿Tanto te dolió perderla? Nunca ha habido otra mujer para mí que Gudenina, no lo olvides, pero lo peor de todo es que jamás encontraré algo igual por donde ya voy, y todo por culpa de mi padre: de ahí que lo maldiga. No sabía que hubiera significado tanto para ti aquella chiquilla de entonces. ¿Te extraña? Sí, mucho. Quizás porque tú seas tan mezquino como él. ¿Cómo tu padre? ¡Cómo quién va a ser? Lo siento; ya te digo: no supuse, ni por asomo, que Gudenina fuera algo tan importante para ti. Tanto que jamás he tocado a otra mujer. ¡No me lo puedo creer, amigo! Yo no soy tu amigo, recuérdalo bien, a pesar de lo que compartimos en nuestra niñez y juventud. Me odias, ¿no? Dime sólo una cosa: ¿eres tú el padre del hijo que parió Gudenina? Ella dijo que sí, pero yo no me lo creo. ¡Eres un maldito bastardo!


09 octubre, 2014

Conversaciones en la trastienda (1)


(Ilustración: Los borrachos/Velázquez)


Puedes pasar. Gracias. Este es mi refugio, o mi nido. ¿De amor? Ni muchísimo menos. Parece un sitio agradable, la verdad. Siéntate. ¿En el camastro? Igual prefieres en esta silla, aunque la verdad sea dicha: es como mi trono aquí. Eso está bien: sea respetada su majestad. Perdona que no te haya invitado antes; quizás he debido hacerlo desde muchos años atrás, pero nunca me he atrevido contigo, y mira que ha pasado gente por aquí. Bueno, amigo, nunca es tarde; aunque cierto es que me ha extrañado mucho tu invitación. Necesito hablar contigo, y sólo contigo ahora mismo, porque me has parecido siempre alguien inalcanzable, o superior a los demás. ¡Buf!, espero que no me vayas a hacer una proposición deshonesta. No, hombre: ¡por Dios!; estoy yo para esa clase de cosas. Pues tú dirás. He pensado en matarme. ¿En suicidarte, dices? Así es. ¡No me jodas!; ¿y para eso me has elegido a mí, después de tanto tiempo? Ya te lo dije: te tengo en alta consideración. Para eso no se necesita alforjas, sólo valor, ni amigos a quien hacer pasar un mal trago. ¿Te interesan las razones? La verdad que no, pensándolo bien. Me decepcionas. ¿Cómo lo vas a hacer? ¿El qué? La manera, la forma de quitarte la vida. No lo sé, había pensado al principio que lo ideal sería una inyección de algo, pero me parece un tanto cobarde, de modo que mejor morir ahorcado, para que cuando me encuentren puedan valorar mi valentía, y admiren mi cuerpo pendiendo como el badajo de una campana, elegante a pesar de todo. ¿No será para que se compadezcan de ti?; así, de esa forma, dejando en el recuerdo de los demás la imagen de un buen tendero colgado por el forajido de turno del Oeste: ¡solemne estupidez! No se trata de eso; si al menos hubieras deseado escuchar mis razones. Dame una sola porque, al fin y al cabo, la vida también es una sola, sin retorno. Jamás he sido feliz un instante. Entonces ya estás muerto, desde siempre, así que no te tomes la molestia.

23 julio, 2014

Comunicado de Firmin


Foto: El autor de este texto con la ciudad de Firmin al fondo, Boston.




Debate: "Firmin"
Autor: Sam Savage
Fecha: 23 de julio de 2014
Hora: 19.00 horas
Lugar: Sala Ámbito Cultural de El Corte Inglés
                                                                                    Las Palmas de Gran Canaria 



Hola, tú:
En primer lugar, perdona la intromisión, pero necesito presentarme: me llamo Firmin, y no creo que me conozcas, aunque si así fuera, ¡por Dios te lo pido!, espero que no tengas un mal concepto de mí, por ser quien soy y por ser lo que soy, porque estarás conmigo que no todos los ratones somos iguales, como no lo son todas las personas, los humanos.  
         Aunque pensándolo bien, creo que si ahora, de improviso, estuviera entre tus piernas, que por despiste nada más rozara tus canillas con mi cola o mis pelos cosquillearan tus tobillos, el miedo y el asco harían de ti otra persona completamente distinta, hasta el punto que temerosa de mi presencia, podrías chillar, huir y hasta mostrarte tan agresiva que igual tratarías de acabar con mi vida, clavándome el tacón de tu zapato en mi costado para dejarme partido en dos.
         Soy inofensivo, tenlo presente. Apenas soy un ratón de mala muerte, que nací pobre hasta de mamadas, porque tuve la desgracia de ser el decimotercer y último hijo de una camada que trajo mi madre al mundo, y la pobre de mi madre, que se llama Flo, por si no lo sabes, sólo tiene doce pezones. Al fin y al cabo, siempre tuve una teta cerca, pero casi nunca podía hacerla mía: ¡cosas que pasan en este ingrato mundo!
         Bueno, en este primer estadio de mi vida que te ando contando, decirte también que en el infeliz ratón canijo que te escribe, al principio de su existencia, no todo fue malo, pues tuve una fortuna muy grande: nací en un burujo de papel que mi mamá, la buena de Flo, arrancó de un libro del gran Joyce y conformó para buscarnos a mí y a mis hermanos un lugar confortable donde nacer; ah, eso, el libro de Joyce del cual algo tuvo que pegárseme, y el lugar donde di mis primeros chillidos de ratón, una maravillosa librería que alentó después mi vida.
         No está mal para ser el principio, ¿verdad? 
Recuerdos de chiquito tengo muchos, de las cosas estrambóticas que hacía mi mamá Flo y de la ciudad en que nací, Boston, una ciudad muy hermosa hoy pero un caos en aquellos tiempos que comenzaba mi vida, pues estaba llena de indeseables.
         Uno de esos recuerdos eran las salidas de mamá todas las noches, subiendo a la plaza Scollay a ratear un rato, vamos, a buscar comida en medio de toda la basura que tiraban los indeseables, aunque lo malo era que mamá llegaba borracha, muy borracha, y se tumbaba quedándose dormida enseguida, cosa que aprovechaban mis doce hermanos para succionar las doce tetas de mamá, menos yo, porque no me dejaban, aunque eso al final terminó siendo bueno para mí, porque finalizaban convertidos en unos borrachines todos y se dormitaban enseguida, cosa que aprovechaba yo, teta a teta y con paciencia sin que nadie me lo impidiera, para mamar la última leche de cada pezón de mamá, ya sin alcohol y bien limpita. No hay mal que por bien no venga, ¿no es así?
Bueno, si les digo lo ocurrido con mi sustento diario, igual no se lo van a creer: a la vista de las dificultades que tenía para poder seguir alimentándome ante tanta competencia mamaria, un día, gracias a Dios, se me ocurrió la santa idea de comenzar a comerme el confeti del libro de Joyce que aún nos servía de nido a todos, y me gustó tanto, tanto, que cuando quedaba alguna teta libre de Flo dudaba de abalanzarme sobre ella.
Lo bueno de todo esto, aunque muchos no lo vayan a creer, es que esta decisión mía de masticar página tras página no sólo me salvó la vida, sino que constituyó la base nutricional para alcanzar las cotas de desarrollo mental que nadie podía imaginar y aún muchos no se lo siguen creyendo: si encima les digo que royendo páginas de aquella librería terminé aprendiendo a leer y a distinguir, hasta el punto que más tarde sólo me roía los márgenes de los libros para poder leérmelos todos, entonces, entonces está claro que la vida nos depara insólitos acontecimientos, también para un pobre ratón como yo. ¿O no?
Como bien saben, soy un ratón curioso, y así fui descubriendo los lugares que fueron conformando mi vida, como el Globo, aquella ranura desde donde podía divisar la mesa y la silla de Norman, o el Balcón, al otro extremo del techo, cuyo agujero me permitía situarme sobre las vidrieras altas, desde donde divisaba los libros raros que guardaba el dueño de la librería llamada Libros Pembroke.
De todas formas, lo mejor que hice en esos días de mi vida fue no dejar de seguir leyendo, a pesar de continuar averiguando a través de los túneles, hasta que llegó el momento en que mamá Flo decidió enseñarnos el mundo de fuera, donde tantos peligros nos acechaban, como ya he dicho en un lugar llamado Boston. Así de pasada, recordarles el pasaje de mi primer y último momento de deseo sexual que he tenido en mi vida, precisamente con mi hermana Luweena.
Cuánto me han ayudado mis lecturas. Desde que salí al mundo, fuera de mi linda librería, me di cuenta cómo la persecución y la muerte nos acecha a cada instante, azotándonos a todos nosotros el terror. Sin embargo, a mí me ha ayudado el valor de la imaginación, y un ejemplo es que cuando leí el diario de Anna Frank me convertí en Anna Frank, mitigando así mis miedos.
         Pronto me vi solo, pero lejos de invadirme la tristeza me sentí muy bien, porque supe de antemano que allí estaban mis inquietudes, que no eran otras que las de devorar libros uno tras otro, en el buen sentido de la palabra lo de devorar, claro, no se confundan. Aunque esto no es totalmente cierto, porque al fin probaba los libros en el almuerzo, comiéndome un poquito de la anteportada de cada uno, para dejar el texto impoluto, y me percaté de que, lo que bien se come, bien se lee.
         Qué alegría sentí cuando despejé un nuevo túnel, aparte de el Globo y el Balcón, que me llevaba a la zona principal del almacén, ofreciéndome un hermoso acceso a la tienda y su inmenso mundo de libros nuevos, hasta el punto que lo bauticé como el Cubil de la Rata, aunque dudé en llamarlo la Puerta del Cielo.
         Llegados a este estadio de mi vida no quiero, no me apetece porque no me da la gana, contarles la experiencia que tuve ante el espejo de la puerta donde ponía SERVICIOS, porque verme por primera vez no fue como ver a otra rata cualquiera, muy al contrario, pues la experiencia fue horrorosa, tan horrorosa que nunca he querido verme reflejado en sitio alguno a partir de entonces.
         Sí deseo contarles que cuando vi, por primera vez, a Norman, sentí en mi interior que no me sentía solo en el mundo, pues tuve una sensación de seguridad que nunca había tenido.
         A lo mejor no les está interesando mi historia, pero como buen ratón soy muy cabezudo, y voy a continuar, pese a quien le pese.
         Decirles que, aunque viajé en mis libros, en un momento dado dejé de comérmelos, de modo que tuve que buscarme el alimento para sobrevivir fuera de la librería de Norman, arrastrándome siempre por las bocas de las alcantarillas.
         En una ocasión me encontré con uno de mis hermanos, muerto bajo las ruedas de un taxi. Lo califiqué de ridículo, cuando yo ya me consideraba un hombre de negocios: mi negocio eran los libros, el consumo e intercambio de libros.
         Desde luego que mis salidas en busca de comida me proporcionaron una de las mejores cosas que he disfrutado: el cine Rialto. Aquella sala, abierta las veinticuatro horas, me ofrecía muchas cosas, desde la propia comida, (barras de caramelo, palomitas y hasta alguna ración de perrito caliente o jamón ahumado), a películas antiguas desde por la mañana hasta la medianoche y luego pornográficas, que tanto me gustaban. No dejaba de ser una hediondez el cine Rialto, pero allí se produjeron en mi dos grandes confusiones: una, mi veneración por Libros Pembroke, y otra mis deseos de estar en el cine Rialto, donde incluso me enamoré de Ginger Rogers, para mi desasosiego.
         Libros Pembroke era una librería muy conocida. Llegué a escuchar a Norman afirmando que Kennedy, el que fuera después presidente, llegó a pasar por allí a tomar café y charlar un rato, y hasta Arthur Miller estuvo una vez a comprar una libro suyo. Qué pena que yo no los pude ver.
         En esta etapa mi de vida, a quien único conocí fue a un escritor bohemio, a quien Norman llegaba a calificar de majareta y borracho. Tenía una bicicleta viejísima, pasaba por la librería y luego se iba camino de lugares insospechados y lejanos, pues llegaba, incluso, a la plaza de Harvard, en Cambridge, al otro lado del río. Se llamaba Jerry Magoon. ¡Cuánto tuvo que ver en mi vida posterior el bueno de Jerry Magoon!
Cierto es que, al principio, me decepcionó en gran manera, cuando le afirmó a Norman que tenía una novela en marcha sobre una rata, de las peludas, a quien todo el mundo iba a odiar en grado sumo.
Aunque parezca mentira, un día, revolviendo en las partidas de nuevos libros que llegaban a Libros Pembroke, me encontré con un libro titulado El nido, cuyo autor era nada más y nada menos que E. J. Magoon y en su cubierta aparecía una enorme rata con los ojos inyectados de sangre y sangre goteándole de los colmillos.
         El tiempo pasaba. Libros Pembroke seguía siendo mi casa, pero las noticias que traía el periódico eran deprimentes, pues la muerte se cernía sobre aquel lugar donde nací, me crié, aprendí a leer y a conocer la vida, siempre junto al lado de Norman Shine.
         Recuerdo que una noche, Norman, después de echar el cierre a la librería, regresó de nuevo, y se echó a llorar: me dieron ganas de salir de mi escondrijo, arrojarme a sus pies y besarle los zapatos, para darle ánimos.
         Fue aquel momento el de mayor cercanía entre Norman y yo, pero como suelo afirmar los grandes amores se transforman en grandes odios, la callada paz deriva en estrepitosa guerra, el tedio infinito genera enorme excitación.
         Pasó el fin de semana y, llegado el lunes, quise saber cómo andaba de ánimos el señor Shine, si andaba igual de triste y yo podría prestarle alguna ayuda, pero ocurrió algo insólito, algo que casi me arruina la vida.
         Norman, como siempre se tomaba su café mañanero mientras leía el periódico. Yo estaba en mi escondrijo, atento por si lo invadía el menor síntoma de congoja, o de dolor. Pero fui tan torpe, tan torpe, que me vine a dar cuenta muy tarde que si yo podía ver su ojo él también podía ver el mío: durante un buen rato nuestras miradas se cruzaron.
         Sinceramente, quise ver amor en aquellos ojos de Norman Shine, y me dije que ya no estaba solo en la vida, y mucho más después de comprobar que el librero me había hecho una visita y de regalo me dejó un montoncito de extraña comida con un sabor tan delicioso como extraño, hasta que descubrí, para mi desgracia, que hay amores que matan.
         No crean que estoy loco, pero sepan todos ustedes que, a pesar de la mala experiencia ocurrida con Norman Shine, nunca he renunciado a mantener una conversación con los humanos, y aunque me resultaba imposible, se me ocurrió la idea de hacerlo mediante signos, como los que usan los sordos para comunicarse.
         Para no cansarles, al final, logré aprender a decir adiós-cremallera, cremallera-adiós, claro que a quien único podía decirle eso era a un sordo, de todas formas, algo había que hacer, y me dirigí al parque Common y enseguida alcancé el jardín público.
         Puedo decirles que puse todo mi empeño, y me percaté incluso de que estaba consiguiéndolo ante dos mujeres y una niña, pero al final la gente gritaba: ¡una rata, una rata!; le ha dado un pasmo; una ardilla no es, desde luego; ¡tiene la rabia!; hasta que un hombre trató de hincarme su bastón en mi barriga y, aunque no lo consiguió, logró dejarme inútil de la pierna izquierda, a pesar de que finalmente alguien gritó: ¡no le hagan daño!
         En fin, no hay mal que por bien no venga, ¿verdad?; gracias a Dios.
         Qué suerte tuve de que me rescatara de las iras humanas Jerry Magoon, al fin y al cabo el segundo ser humano a quien amé.
         Con qué cariño me trató. Cómo me subió a su casa, me arropó y me dio de comer. Gracias a sus cuidados, creo, mi pierna mejoró con rapidez y en una semana ya podía apoyarme de nuevo.
     Aunque empezó llamándome “jefe”, cosa que no me gustaba, terminó nombrándome como Ernie, y eso sí que me gustó, por lo de Ernesto, más bien, por lo de Ernest Hemingway.
         Como Jerry pasaba mucho tiempo fuera, yo aprovechaba para husmear en su biblioteca, hasta que un día se presentó de improviso y me cogió leyendo: recuerdo, sí, que  primero se quedó muy sorprendido, luego le pareció divertido y finalmente, creo yo, se quedó convencido de que yo no leía de verdad, que hacía el tonto, vamos.
         A Jerry le gustaba mucho rebuscar en la basura cosas estropeadas que después trataba de arreglar, para luego regalárselas a la gente. Un día llegó a casa con un piano de juguete, y después de muchas horas de trabajo logró arreglarlo, que las teclas volvieran a funcionar, y terminó  regalándomelo. Cuando lo toqué por primera vez, Jerry se reía tanto que se le escapaban lágrimas cara abajo.
         Cómo temía yo las salidas de Jerry en sus estados melancólicos, también sus enormes borracheras. Más de una vez tenía que ir en su busca, porque temía que hiciera alguna tontería y terminara con su vida.
         Recuerdo agarrarlo de la manga y pedirle, por favor, que volviera a casa, le rogaba incluso diciéndole que lo necesitaba, hasta que, al final, lograba convencerlo. Cómo nos miraban los parroquianos del bar y cuánta pena les dábamos.
         Aunque la casa y la compañía de Jerry eran muy agradables para mí, no dejaba de estar en una cárcel y echaba en falta la librería y mis salidas al Rialto y a sus mujeres hermosas.
         Al final me propuse la Construcción del Gran Agujero, y lo conseguí, y cuando salí por primera vez me hubiera gustado dejarle una notita a Jerry para que no se preocupara por mi ausencia, pero no lo hice.
         Total, que con grandes esfuerzos, bajando pisos, construyendo el conducto que bauticé como el Ascensor, llegué al sótano de Libros Pembroke, y allí acudía cada vez que el bueno de Jerry Magoon se ausentaba, aunque terminó por descubrir mis paseos, pero no se enfadó por ello, al contrario, me preguntaba cómo me había ido.
         Qué cosas tan bonitas viví con Jerry, como aquella mañana que me llevó al parque Common por primera vez, saliendo de nuestra casa yo encima del hombro de él. Nos instalamos al lado de la estación de metro  de la calle Park y allí, Jerry, de improviso, colocó un cartel que decía VENTA DE LIBROS NUEVOS FIRMADOS POR EL AUTOR. Así volví de nuevo al negocio de los libros.
         Si he de serles sinceros, el negocio para Jerry no iba más allá que de vender unos cuantos ejemplares de su libro El nido y, de propina, él le regalaba otro al comprador.
         De aquella experiencia, lo más bonito quizás, es que los amigos de Jerry y los curiosos que se  paraban en el puesto, todos, mostraban un gran interés por mí, y hasta alguno se llegó a despedir de mí con un hasta luego, tío. Era gente variopinta, eso sí.
         Cuántos y qué buenos momentos vivimos juntos Jerry y yo: aquellos desayunos  de café con leche y leer a un tiempo los dos el periódico, como el día que él afirmó que se avergonzaba de su condición humana, por las cosas de los nazis; las cenas, con nuestro plato favorito de estofado de ternera que Jerry solía acompañar con un arroz preparado por él mismo; aquellas veladas de los dos en el viejo sillón de cuero escuchando música de Charlie Parker y Billie Holliday; tomándonos nuestros vinitos en el mismo vaso, porque yo no tenía; los dos medio borrachos o borrachos enteros, yo cayéndome en su regazo y Jerry, cariñoso, riéndose a carcajadas
         Llegado el mes de octubre, no sé por qué, me dio por pensar en la muerte, y me preguntaba qué podría ocurrir si Jerry llegara a casa una tarde y me encontraba muerto: ¿qué haría?, ¿me tiraría a la basura cogiéndome de la cola?, ¿y qué otra cosa podría hacer? Desde luego que odiaba la idea de que me agarrasen por la cola y me tiraran a la basura.
          La muerte siempre acecha, por desgracia. Una noche, despierto  yo en mi caja y hablando conmigo mismo, esperando como acostumbraba la llegada de Jerry, pues siempre solía hablarme un rato sentado en el borde de su cama, escuché el característico chirriar del portal abriéndose y cerrándose, los pasos de Jerry tan familiares subiendo los primeros peldaños, el silencio de cuando descansaba en el primer rellano, luego ya casi llegando a casa, y más tarde el ruido, el tremendo ruido cuando una persona se cae escaleras abajo.
         ¡Qué desesperación la mía por no poder ayudar a Jerry! Al final, desde mi Globo, en la librería, al día siguiente, me pude enterar que le había dado un ataque al corazón, pero que estaba vivo, aunque dos semanas más tarde, desgraciadamente, escondido debajo del fregadero, vi llegar a los padres de Jerry y a un supuesto hermano, que no se interesaron sino por una caja de zapatos llena de cartas, que leyeron porque eran sus propias palabras.
         A partir de aquel momento, sinceramente, me percaté de la desgracia que supone estar solo en la vida.