04 abril, 2014

El papá y el hasta pronto


(Ilustración: Salvador Dalí; Muchacha en la ventana)


El papá caminaba taciturno, en la madrugada despiadada. Encendió su primer cigarrillo de la nueva jornada, aprovechando, antes de llegar a la terminal del aeropuerto. Cruzó el paso de cebra y vio a aquella linda chica morena, de ojos negro azabache, que le sonrió sin ton ni son, como ofreciéndole unos buenos días cariñosos, cercanos, buscadores, hasta amorosos llegó a imaginar. Entonces el papá pensó que no todo en la vida tenía que ser tristeza, más bien, que la vida siempre la dulcifica algo inesperado, como aquella hermosura que ahora caminaba delante de él. Y miró el papá el reloj, y su trasero; y buscó el papá el horizonte que no pudo hallar por la oscuridad, y su trasero; y aceleró sus pasos el papá para adelantarla, y no ensimismarse en su trasero. Pero todo quedó en el olvido, muy pronto, pues la vida, como solía decir el papá a menudo, es una rueda de molino, mientras gira y muele, porque ilusiona. Hasta que llegó el momento de la despedida, al fin y al cabo lo que había llevado al papá allí, a aquel lugar triste por antonomasia cuando se aleja lo que más quieres, cuando la distancia puede más que el amor o cuando el aroma del amor se extravía pariendo la soledad; y entonces, el papá se sumió en la tristeza de siempre, compungido, a lo mejor hasta lloroso, y sabedor donde tenía sus dos grandes amores, ni las manos de la reaparecida linda chica morena acariciando sus manos levantó el espíritu del papá.    

06 marzo, 2014

Eduardo Dávila, nuevo profesor en la New York University




En estos días, Eduardo Dávila, y de segundo apellido Ramírez por parte de su madre, Margarita, ha aceptado la oferta de la Universidad de Nueva York, pasando a formar parte de su plantilla de profesores en el departamento de Finanzas, uno de los más punteros del mundo.
            Eduardo, en el próximo mes de mayo, se convertirá en doctor en Economía por la Harvard University.  
            ¡Nuestra más enhorabuena, hijo! Tu trabajo, ilusión y constancia han merecido la pena. ¡Estamos muy orgullosos de ti!


15 enero, 2014

El Premio Canarias de Literatura: un pedestal para el olvido


Por Daniel María

El Premio Canarias de Literatura nació para olvidar. Esto podemos suponer si se tiene en cuenta la enorme discordancia que perdura entre los galardonados y quienes nunca lo fueron. La importancia o necesidad de los premios suele ser objeto de debate, pero ya que este galardón existe y se lleva otorgando desde 1984, es preciso atender qué ha venido a aportar, a señalar o a distinguir desde su creación. Nació como el máximo galardón que recaería en las figuras esenciales de las letras canarias; así lo demostraron las primeras concesiones anuales e ininterrumpidas desde Domingo Pérez Minik, que inauguraría la lista de ilustres, seguido de Agustín Millares Sall, Ventura Doreste, María Rosa Alonso, Juan Marichal, Rafael Arozarena, Isaac de Vega, Pedro Lezcano, Manuel Padorno y  Carlos Pinto Grote, a partir del cual la edición del premio pasaría a ser bienal y a recaer en Luis Feria, Sebastián de la Nuez y Justo Jorge Padrón. Luego, el Premio Canarias de Literatura pasaría a concederse cada tres años, siendo los galardonados hasta la fecha Juan Cruz Ruiz, Arturo Maccanti, Juan Manuel García Ramos, José María Millares Sall y Luis Alemany.

La prensa local y los corrillos literarios insulares acogen distintas versiones, dimes y diretes acerca de las enemistades, los pactos, las traiciones, los desaires y las venganzas que unos a otros como jurados, asesores o simpatizantes han protagonizado. Los hechos son los hechos. Y los hechos derivan en olvidos y vergüenzas que hieren la sensibilidad de cualquier lector o de cualquier estudioso, por pocos que seamos, de la literatura canaria.
Los premios honoríficos de esta envergadura se asumen como distinciones a la excelencia, al quehacer constante, a una vida entregada a la literatura y a una escritura fundacional, en la medida en que a estas alturas se pueda alcanzar la originalidad, o precisamente por eso mismo, porque parece que todo está escrito, haber aportado un camino nuevo, una mirada diferente y bella. Bien también que, en ocasiones, un autor de escasos títulos ha logrado una contribución extraordinaria; bien también que poco publicado no significa poco escrito. De igual modo, los ensayistas, críticos e investigadores de la literatura canaria o nacidos en las Islas y que hayan dedicado sus esfuerzos al estudio de las letras universales constituyen parte inherente de esta herencia. Con todo, un galardón como el Premio Canarias de Literatura deviene en conformar una continua y actualizada mesa de edad de nuestras letras, un espacio donde sea posible identificar el patrimonio literario del Archipiélago. Siguiendo esta visión del asunto, es descorazonador atender a los datos que se ofrecen a continuación: Félix Casanova de Ayala muere en 1990 a los 75 años, Andrés de Lorenzo-Cáceres muere en 1990 a los 88 años, Joaquín Artiles muere en 1992 a los 89 años, Josefina Pla muere en 1999 a los 96 años, Domingo Velázquez Cabrera muere en 1999 a los 88 años, Alejandro Cioranescu muere en 1999 a los 88 años, Sebastián Sosa Barroso muere en 2001 a los 77 años, Digna Palou muere en 2001 a los 68 años, Josefina de la Torre muere en 2002 a los 95 años, Pino Ojeda muere en 2002 a los 86 años, Pino Betancor muere en 2003 a los 75 años, Antonio García Ysábal muere en 2008 a los 69 años, José Antonio Rial muere en 2009 a los 98 años (se le otorgó la Medalla de Oro del Gobierno de Canarias en 2007, no sabemos si debido a que dicho año no tocaba conceder la categoría de Literatura), Ana María Fagundo muere en 2010 a los 72 años, Manuel González Sosa muere en 2011 a los 90 años. En el caso de Pilar Lojendio, la poeta murió tempranamente -en 1989 y a los 58 años-, al igual que Natalia Sosa Ayala (que murió en el año 2000 a los 62 años), Esperanza Cifuentes (fallecida en 2002 a los 58 años), Alfonso O’Shanahan (que murió en 2009 a los 65 años) y Amadou Ndoye (que murió en 2013 con 66 años). No obstante, de continuar vivos recibirían, indudablemente, el mismo trato. 

Todos ellos forman parte de la valiosa fortuna de la literatura canaria. Son escritores relevantes de nuestras letras que, en vida y para pavor de todos, contaron con el olvido de la oficialidad como incesante compañero de fatigas. El caso de José María Millares Sall es tan vergonzoso como patético. Cuánto hacía que uno de los más inmensos poetas que han dado las letras canarias merecía este galardón como para venir a suplir la deuda y el desaire meses antes de su fallecimiento en 2009, a los 88 años de edad, cuando las fuerzas del poeta flaqueaban y desde hacía unos años gozaba de una merecidísima atención (tan lograda como tardía) de editoriales, medios y críticos. Descubrimiento que propició la concesión póstuma del Premio Nacional de Poesía en 2010. Casi ninguno de ellos goza actualmente de una edición de sus obras completas (la literatura canaria está repleta de inéditos ignorados), apenas subsisten sus títulos en las bibliotecas y la inmensa mayoría de los estudiantes de Filología de las universidades canarias los desconocen (aludo a estos por su evidente proximidad), ya que, salvo insólitas excepciones, estos autores no tienen cabida en los programas curriculares, de lo que resulta natural que no sean objeto de estudio de Trabajos de Fin de Grado, de Fin de Máster, Tesis doctorales, etc.
Por otro lado, viene a colación cuestionarse a qué derivan sus presupuestos, por escasos que resulten en estos tiempos, las instituciones culturales que incluso en su nomenclatura aluden a los estudios, las letras o la cultura canarios y que no fomentan la creación de becas que permitan a estudiantes, licenciados y graduados dedicar sus esfuerzos al rescate, la visibilidad, la reivindicación y la dignificación de autores y obras de la literatura canaria. Estas instituciones están pobladas de profesores universitarios y de intelectuales de reconocido prestigio, pero desde sus privilegiadas posiciones no actúan en consecuencia con el sentimiento y la pasión que se les presupone; es decir, aquello que un día les movió a atender a la literatura canaria. 
A mis oídos ha llegado que se maneja el criterio de que otorgar el Premio cada año puede originar la devaluación del mismo; esto es, que se agoten los buenos escritores y comience a recaer en manos de autores mediocres. Cabe preguntarse entonces, atendiendo a la sangrante lista de olvidados, si esto no ha ocurrido ya. ¿El Premio Canarias de Literatura sobrevive para calmar egos de imposibles Premios Nobel, pagar fiados en bares y pensiones, saldar deudas por favores, enchufes o silencios? Además, ¿por qué llegó a entregarse ex aequo, contradictoriamente, en dos ocasiones: a María Rosa Alonso y Juan Marichal en 1987, y a Rafael Arozarena e Isaac de Vega en 1988? ¿Pensaban que se morirían pronto? Isaac de Vega mantiene su burla particular al respecto. 
¿Nació el Premio Canarias para ignorar la tristeza enraizada de Pino Ojeda, los lirios azules que a Pino Betancor le brotaban en los sueños, el pulso atlántico de José Antonio Rial, la muerte que enlutaba la tinta de Félix Casanova de Ayala, el marzo incompleto para siempre de Josefina de la Torre? Quisiera asegurar al Premio Canarias de Literatura diez años de esplendor proponiendo a los próximos galardonados, según mi criterio particular: Nivaria Tejera, Emilio Sánchez Ortiz, Andrés Sánchez Robayna, José Rivero Vivas, Jorge Rodríguez Padrón, Elsa López, JJ Armas Marcelo, Eugenio Padorno, Ángel Sánchez y Olga Rivero Jordán. Desearía igualmente la inclusión en esta lista de Juan Jiménez, Lázaro Santana, Juan José Delgado, Alberto Omar Walls, Yolanda Arencibia, Isabel Medina, Antolín Dávila, José Carlos Cataño, Sabas Martín, Víctor Ramírez, Juan Pedro Castañeda,  Emilio González Déniz, Rafael Fernández Hernández, Nilo Palenzuela, Cecilia Domínguez Luis, Olga Luis Rivero, Anelio Rodríguez Concepción, Víctor Álamo de la Rosa…; de cuyas obras y excelencias no sé qué consideración tendrán los futuros jurados, y a quienes el actual y estúpido carácter trienal del premio los puede eternizar hasta la omisión. 
Podrá permitirse el pueblo canario vivir ajeno a su literatura, pero quienes formamos parte de ella, quienes la consideramos con ese temblor en el pecho tan parecido al amor, no podemos más que enrabietarnos, incidir en la deshonra y señalar el hollín sucio de la infamia con que se pretende hacer historia desde la simpleza intelectual. Y este descalabro tiene responsables, pero cuenta también con remendadores: quienes ocupan los cargos en la gestión pública desde los que liderar el cambio de rumbo. No permitamos que subsista un pedestal para el olvido.

Con este artículo el autor consiguió el premio de periodismo Leoncio Rodríguez, convocado por el periódico El Día de Santa Cruz de Tenerife


17 diciembre, 2013

Felicitación Navidad 2013




Buscaba el hombre algo para entretenerse. Decidió mirarse al espejo, y quiso sentirse joven y apuesto, algo así como un Rick Blaine, el de Casablanca, pero se vio avejentado y sin ganas de nada. Intentaba encontrarse la sonrisa pero no la hallaba, ni la suya de siempre ni ninguna otra. Guiñaba los ojos, ora uno como si lo hiciera para un niño ora el otro destinado a una dama de buen ver. Suspiró. Y para su sorpresa, de repente, vio reflejada en el espejo a la bella y hermosa Ilsa Lund, la de Casablanca también, quien le puso una mano sobre el hombro y le susurró al oído algo así como ánimo, hombre, que no se es viejo por la edad, sino por los lamentos; y le felicitó la Navidad, para agradecimiento infinito e ilusión eterna del hombre. 


17 octubre, 2013

Vaivenes de amor






“El barco del amor”

Aun sabedora de que no embarcaba en su barco de amor, zozobró infectada y se ahogó en la pena.


“El tatuaje del amor”

(Para María Pérez y su hija)

Tu mirada es mi mirada, y el amor de las dos.


“Miradas de desamor”

Me miras, te miro y sonreímos lastimeros, apenas nada.


"El edificio del amor"

Se olvidó de que las columnas del amor no son materiales, ni mucho menos.


“Tristes cosas de amor”

Dijo que lo iba a querer siempre, ignorante de que la vida se come hasta la memoria.


“El cine de amor”

 Se besaban con inmenso amor hasta que se daban la espalda, sin saber el porqué, o sí.


“Brindis de amor”

Brindaban por el amor de los dos, hasta que llegaba la noche y otras palabras fusilaban el verdadero amor. 


“La arquitectura del amor”

 Equivocada, confundió la arquitectura de la vida con la arquitectura del amor, y así se le escapó para siempre.


23 julio, 2013

Publicado en el periódico Canarias 7





Título:        Antolín Dávila, novela existencial
Autor:        Nicolás Guerra Aguiar
Fecha:        20 de julio de 2013
 
 
Podría resultar desfasado en el tiempo, sin duda. Pero  al paso de las horas de dos tardes que fueron monólogos dialogados con asentimientos y muchas coincidencias, la conversación con el novelista Antolín Dávila me retrotrajo a cuarenta y dos años atrás, cuando en la vivienda lagunera  de José Antonio Luján volaron los tiempos nocturnos y los del alba mientras nos embelesábamos con la palabra de don Rafael Muñoz, dominico desterrado a la Universidad lagunera y sabio que nos llevó de la mano al pensamiento filosófico –existencialismo, Heidegger, Sartre…- semioculto hasta el momento en aquella distanciada Universidad donde años atrás brilló la docencia de don Emilio Lledó, maestro en la Filosofía, al que no conocí.

 Porque Antolín Dávila es escritor, pero filosofa existencialmente. Y es cierto que escribe, y su obra rezuma calidad –al menos la que conozco- porque sabe cómo hacer una novela, cómo escribir un relato, cómo enganchar al lector que lo desconocía (he de admitirlo, y lo lamento por mí) hasta hace poco. Y ese desconocimiento me desestabiliza incluso profesionalmente (a fin de cuentas, uno ejerció en el aula como profesor de Literatura) aunque ahora mismo ya no solo sé quién es, incluso físicamente, sino y sobre todo como apuntalador de palabras perfectamente ordenadas, de estructuras novelescas –las más de las veces, incluso noveleras- que responden a las puras esencias de la obra bien hecha, aquella que deja satisfechos a los lectores y al propio autor.

 Antolín Dávila habla de la libertad –más bien de su ausencia, incluso de su imposibilidad- cuando dialoga con sus personajes novelescos, algunos de los cuales me devolvieron a aquellos años, digo, de don Rafael Muñoz, el profesor de Filosofía (un rebelde dominico de razonamientos) que nos hizo pensar sobre la supuesta independencia del ser humano expulsado a un mundo agresivo en el cual ha de vivir el absurdo de su existencia.

 Así es, por ejemplo, Antuán, en absoluto trasunto o supuesto álter ego del propio Antolín en su novela Una rosa en la penumbra, tal vez uno de los más exquisitos personajes creados por él –por duramente existencial y angustioso-, al menos en lo que sé de su obra. Un protagonista que no es tal, por más que lo parezca. Porque –así se lo comento entre buchitos de café y ausencias de cigarrillos, pues estamos bajo techo- el personaje central de esta novela no es un ser vivo con un nombre, Antuán. Y Antolín coincidió conmigo en la valoración: todo gira en torno a los condicionantes externos que lo llevaron no sé si a odiar a la mujer-sexo-gemido-profesión (a fin de cuentas, su abuela y su madre), pero sí al menos a identificar a una -la besó a los cincuenta años- con la rosa blanca (pureza), fundamental elemento simbólico que nada tiene que ver con la rosa roja de Garcilaso –pasión-, la odorífera rosa alejandrina de Cairasco, la dorada quesadiana –realización plena- o la azul lorquiana –esterilidad-.

Al final, Antolín habla de los caminos machadianos para referirse a aquellas rutas que no logramos transitar porque “hay condicionantes que nos lo impiden”. En la vida –y esto es puro existencialismo- tomamos veredas, pero nunca accedemos al camino principal porque está rodeado de infinidad de rutas accesorias que nos impiden el arribo a la vía principal. (Si es que, le comento, esta existe.)

 Por tal razón, lo maravilloso de la escritura para él –y deja de ser el existencialista sereno, pura contradicción- es que el escritor puede manejar el mundo a su medida. Y por eso el narrador es autor no ya de ficciones o novelas. Es, fundamentalmente, creador. Y como tal –aunque crear se entienda como producir algo de la nada- el novelista inventa, recrea, satisface su mundo novelesco y es capaz –a veces por placer; otras, por necesidad vital- de manipular para distorsionar la verdad y regalarle al lector acciones y actitudes imposibles en la vida real. Aunque tal comportamiento, claro, le permita vivir. Pero, a la vez, sufrir todo lo que escribe.

 La realidad, pues, es manejable para Antolín Dávila. Y él ha pretendido llevarla incluso más allá de ella misma, es decir, des-realizarla para identificarla con la ficción, de tal manera que ambas se confundan y perfeccionen  -y esto no sé si es existencialismo- ante la complicación de las relaciones humanas.

 Tampoco sé si son los sesenta años de su vida o que sus primeras esencias fueron en San Mateo (llegó a conocer a los pájaros por el canto y por cómo hacen sus nidos), pero lo cierto es que tanto en las palabras que actúan tal barrancos de pensamientos como en sus silencios para buscarlas en la razón, Antolín Dávila emana seriedad, rigor, conocimiento exhaustivo de la vida. Y aunque le tiro de la lengua para que identifique la vida como pura angustia  existencial, eso lo deja para sus personajes, aunque no todos sufren la tragedia de su propia existencia.

 Quizás su desvinculación de movimientos y comportamientos grupales (le comento que también ahí nos identificamos) le hace ver la realidad tal como es, sin ficciones a pesar de su mundo fantasioso por novelesco. Y también quizás por su natural islamiento (acaso por algo de timidez o de libertad absoluta), nadie ha criticado al novelista, aunque puede opinarse de su novela. Y Una rosa en la penumbra, opino, es de las mejores que he leído entre las buenas  producciones aparecidas en Canarias. Porque no consiste en dar una nota, en ubicarla en un puesto de competiciones. Antolín Dávila es admirado por los nuevos y muy buenos escritores –la Generación del COU, por sus edades- que respetan en él su no ubicuidad estilística. Por eso lo invitan a actos comunes, y Alexis Ravelo y Santiago Gil –entre otros- lo valoran. Fue de los poquísimos novelistas ajenos a la hiperbólica voz narraguanche que consiguió (años ochenta) ser finalista en los premios Benito Pérez Armas, Ateneo de Valladolid y Pérez Galdós, títulos que además se publicaron, y gana en 1988 el Benito Pérez Armas de edición con El cernícalo, hoy reeditada… 

Pero como ya tiene sus años –por suerte, años significan calidad y producción novelesca-, también puede mirar hacia atrás. Y, como muchos jóvenes de su edad o los pollillos cuarentones de hoy, recuerda a Emilio González Déniz, el culpable de que Una orla para todos (1988) lo lanzara definitivamente a estas cosas de la escritura.

 Sí, es cierto. Antolín Dávila es pasión novelesca pero, a la vez, serenidad en la novelación. Tres horas de palabras ordenadas –a veces necesariamente apasionadas- dan para confirmar sospechas y fortalecer afirmaciones: cuando se reescriba sobre la novela en Canarias, Antolín Dávila ocupará el lugar que le corresponde. Y será de los primeros no por la D apellidal, sino por su obra. Una rosa en la penumbra, por ejemplo, será un título imprescindible. Y con razón, claro.

 

09 julio, 2013

Retazos VII




El taconeo

Un taconeo persistente se le acercaba cada vez más, y era la muerte, sin duda.


La nueva ilusión

Taciturno, miraba al horizonte en busca de la ilusión perdida, hasta que supo encontrarla.


La sinrazón

Cómo se perdió la pobre mujer envuelta en la sinrazón.


El niño y la vejez

Prendado de la sonrisa del niño, también se sintió niño, a pesar de su irremediable vejez.


Los amores perdidos

Minuciosa, archivaba las cartas de sus amores lejanos, tal vez intentando atrancar su memoria.


El hombre escaldado”

Escaldado, se limpiaba los hombros de tantas palmadas, descansando enseguida como un bendito.


El barco equivocado

Sabedora de su error, se embarcó con su tristeza en el olvido, hasta que llegó a zozobrar.


El adiós del amor


Dejó tirados los labios sobre la mesa y el corazón en el cubo de la basura, sin remisión.