(Ilustración: Miguel Hidalgo/Sobre Tiwanaku)

En cuclillas, charlaban los hombres en voz muy baja a la espera de su sol, para emprender la jornada. Observaban, entre las luces y las sombras, el trabajo de años y de vidas. Cabezas y más cabezas, todas diferentes, los acechaban, y asentían apoyando la tarea que iban a emprender como cada día. Y todos supieron, desde entonces, que un cuchicheo que duraría siglos, hasta ahora mismo, recorrería templos y muros y pirámides y monolitos esculpidos y portales y hasta palacios funerarios como regalo a la humanidad.
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