02 noviembre, 2010

Doblan las campanas para un adiós

(Ilustración: García Cabrera 2010/Campanario de Vega de San Mateo)


(Escrito y leído para CanariasAhora Radio el día 2 de noviembre de 2010) 


Doblaban las campanas en la iglesia del pueblo. Los lugareños pululaban por los alrededores como esperando algo, un no sé qué. Un hombre, enjuto y vestido de negro, se paró en seco en medio de la plazoleta, cerró los ojos y quiso sentirse aislado de todo, quizás intentando alejarse algo de la vida, de su vida, y de hallarse un poco muerto, también. Las campanas seguían majaderas. Un niño se acercó al hombre, tiró de su pantalón y le preguntó algo así como si estaba durmiendo de pie, pero el hombre no se inmutó, no movió un solo músculo de su cuerpo, es más, parecía que no respirara. Con una sonrisa pícara, el niño adoptó la misma postura, frente a frente, tal vez tratando de averiguar qué  podía sentir el hombre de aquella manera, como un pasmarote idiota, o simplemente deseando estar mucho más cerca de él, seguro. Lejana, se escuchó la voz fea de una mujer que gritaba tratando de llegar al lugar cuanto antes. Y no se supo nada más de los dos, lo juraron todos hasta la extenuación.

19 octubre, 2010

El amante embeleso


(Ilustración: Desnudo en un sillón/Renoir)



(Escrito y leído para el IV Memorial Dolores Campos Herrero el día 18-10-2010)


Percibía algo extraño alrededor. Deseaba fijarse en todo buscando una simple explicación, pero no la encontraba. Terminó ensimismada, mirando las rosas blancas que había en una jarra sobre la mesa del salón, y trató de hallar en su perfume lo que más deseaba: el aroma del hombre que un día, de improviso, desapareció como por ensalmo sin una razón, sin un triste adiós para el amor. Y fue entonces cuando la bella mujer se vio dominada por el amante embeleso, y de su tez amarga se desprendió un sofoco amoroso, y una sonrisa, y hasta un poquito de pasión. 

27 septiembre, 2010

El mendigo ilustrado

(Ilustración: Mendigo en Nueva York)


 
Quizás llevaba allí muchos días, o meses o años, en el porche de aquella casa de lujo distinguida con el número 9 de la calle 54, muy cerca de la Quinta Avenida. A su alrededor, tirados en el suelo, gente como Allan Poe, Mark Twain, Henri James, Ernest Hemingway y John Steinbeck andaban  alborotados y encerrados en puñados de páginas que él devoraba, para que le fuera pasando la vida con la historia de otras vidas más placenteras que la de él, o peores, por qué no. El mundanal ruido de la ostentación en grado sumo no lo distraían, al contrario, parecía aislarlo más en su cometido, y a fe que lo conseguía, aunque en diversos momentos se hallara en una verdadera jaula de grillos, donde muchos mantenían pulsos fratricidas, otros batallas sin cuartel, alguien ahorcaba a un gato sin compasión, algunos amores imposibles prevalecían ante odios ajenos ambiciosos y hasta un puñado de dichas humanas dejaban de serlo sin razón aparente. Sin embargo, el mendigo ilustrado, a cada instante, por el único hueco que le dejaban sus harapos, echaba un vistazo a Nueva York, y así, allá una limusina y acá una pareja mostrando su riqueza aparente, ora un hombre que le robaba una foto a hurtadillas ora una mujer descarada que le ofrecía un rictus de asco, bien un pobre infante que lo observaba con lástima bien la linda joven que salía del portal con su efímera minifalda enseñándole las braguitas  que tanta ilusión le hacían aún, tanta como los libros, que a menudo la misma muchacha también le regalaba, y los periódicos del día anterior, que de manera religiosa le llevaba el portero de la finca número 7 de la misma calle 54, donde solía encontrar una hamburguesa y algún botito de refresco o de lecha fresca, según la ocasión.

14 septiembre, 2010

Masticando la desdicha


(Ilustración: García Alvarez 2010/Risco Prieto)


 (Escrito para CanariasAhora Radio y leído en su programa "El Correíllo" el día 14 de septiembre de 2010)


El muchacho estaba esquelético, comido por la droga. Brincaba, más que caminaba, o es que tenía una pierna más corta que la otra. Llevaba unas botas rotas, un pantalón vaquero muy sucio y un chaleco del mismo estilo, sin botones, que dejaba ver su torso desnudo lleno de cicatrices, inundado de tatuajes de todos los colores. Marchaba junto al hombre serio, ya contento porque había recaudado para la ración diaria.
Cuánto deseaba llegar a las chabolas de Risco Prieto, donde cada noche acudía para comprar la droga. Esperaba que no le entraran los temblores, pero si ocurría antes de que sacaran lo necesario de la basura del supermercado, él le diría a los colegas que el hombre serio ocuparía su lugar, sería el primero en revolver el contenedor, y hasta a lo mejor le tocaría un trocito de brazo de gitano para los dos, bueno, para los tres, porque también contaba a su perrita con quien masticaba cada día el silencio de su desdicha, también de su inmensa soledad.

01 julio, 2010

Premio Nacional Fin de Carrera en Economía


Eduardo recibe de manos del ministro de Educación el Primer Premio Nacional en Economía




El pasado día 25 de mayo, en el Auditorio Nacional de Música de Madrid, el ministro de Educación, Ángel Gabilondo, le entregó a Eduardo Dávila Ramírez el Primer Premio Nacional a la Excelencia en el Rendimiento Universitario en Economía correspondiente al curso 2007-2008. Eduardo alcanzó la mayor puntuación no sólo en su licenciatura, sino en todas las carreras que se cursan en España, logrando 17,14 de nota ponderada.
En la actualidad, Eduardo Dávila está cursando el 2º año del doctorado (PhD in Economics) en la Universidad de Harvard, en Estados Unidos.

http://www.rtve.es/noticias/20100525/conjurar-paro-epoca-crisis-mejor-expediente-universitario-toda-espana/332557.shtml

17 junio, 2010

Un flash del gaucho Benedetti


(Ilustración: Griverol/Drama de género)



(De la novela "La calle de La Concordia" y leído en CanariasAhora Radio en su programa "El Correíllo" el día 15 de junio de 2010)




—Si hay Dios me perdonará.

—Lo hay, Miguel Arcángel, lo hay.

Con la mano muy firme se acercó a ella, la miró fijamente a los ojos y empujó el cuchillo justo hasta el mango a la altura del corazón: ni un quejido siquiera, para despedir a la vida, dejó escapar la madre de Marilina; entonces, manteniendo el cuerpo ensangrentado de su mujer, el gaucho Benedetti, le extrajo el arma y luego procedió a tumbarla a lo largo del banco.

Segundos después, una milonga, unos versos de José Hernández, una voz firme y cruel, comenzaron a escucharse en la calle de La Concordia y en La Pampa, en la Patagonia y en Buenos Aires…


Cantando me he de morir.

Cantando me han de enterrar.

Y cantando he de llegar

Al pie del Eterno Padre:

Dende el vientre de mi madre

Vine a este mundo a cantar”.


Pero en aquel momento, el gaucho Benedetti ya sabía, por haberlo comprobado, que él vino al mundo a otra cosa muy distinta que la de cantar.






11 mayo, 2010

La llamada de la triste verdad


(Ilustración: Sileno Borracho/Peter Paul Rubens)


(Escrito para CanariasAhora Radio y leído en su programa "El correíllo" el día 11 de mayo de 2010)


Aquel viernes llegó ilusionado a su casa después del trabajo. Entró silbando, tiró sobre el sofá el maletín donde nunca llevaba papeles sino bocadillos, se dirigió a la cocina y le estampó a la mujer de su vida un beso sonoro en los labios al tiempo que le pasó sus manos abiertas por el trasero; luego, raudo, como una exhalación, se dirigió a la habitación de los niños, quienes se le colgaron del cuello y le arrancaron la promesa de que no dormiría la siesta después de comer, porque deseaban estar cuanto antes en el apartamento de la playa: querían estrenarlo enseguida.
Era un hombre feliz. Acabó de quitarse la ropa en el baño. Meó en el lavabo y se miró en el espejo con una sonrisa abierta. Cuando le llegó el olor de la comida que le preparaba su mujer, sin dudarlo, mientras se ponía un pantalón corto y una camiseta con publicidad de unos grandes almacenes, se consideró afortunado por la esposa que le había tocado, porque gracias a ella, tan ahorradora aunque él no se lo podía explicar, en pocos años, ya tenían la casa pagada y ahora se habían comprado el apartamento, lo que le permitiría los fines de semana pasear por la playa al amanecer y correr chapoteando a la hora del ocaso y tomarse una cerveza en el balconcito escuchando sólo el rumor del mar, tan distinto al ruido ensordecedor de las máquinas de la fábrica. Pero sonó el teléfono y lo cogió para su desgracia, porque en aquel instante se acabó toda la ilusión y el amor que guardaba dentro el pobre hombre.