
(Escrito para CanariasAhora Radio y leído en su programa "El correíllo" el día 11 de mayo de 2010)
Era un hombre feliz. Acabó de quitarse la ropa en el baño. Meó en el lavabo y se miró en el espejo con una sonrisa abierta. Cuando le llegó el olor de la comida que le preparaba su mujer, sin dudarlo, mientras se ponía un pantalón corto y una camiseta con publicidad de unos grandes almacenes, se consideró afortunado por la esposa que le había tocado, porque gracias a ella, tan ahorradora aunque él no se lo podía explicar, en pocos años, ya tenían la casa pagada y ahora se habían comprado el apartamento, lo que le permitiría los fines de semana pasear por la playa al amanecer y correr chapoteando a la hora del ocaso y tomarse una cerveza en el balconcito escuchando sólo el rumor del mar, tan distinto al ruido ensordecedor de las máquinas de la fábrica. Pero sonó el teléfono y lo cogió para su desgracia, porque en aquel instante se acabó toda la ilusión y el amor que guardaba dentro el pobre hombre.





