
(Escrito para CanariasAhora Radio y leído en su programa "El correíllo" el día 13 de abril de 2010)
No entendía cómo se había podido casar con él. Allí estaba leyendo El Quijote, por enésima vez, y no lograba concentrarse, pues sólo pensaba en lo que se había convertido su vida: al fin una línea de gráfico plana, sin altibajos, como si fuera una monja de clausura, aunque no creía que ninguna monja se tuviera que acostar cada noche con semejante hombre, siempre detrás de otras mujeres.
—Me tengo que ganar el cielo, si el cielo se consigue no habiéndole sido infiel ni con el pensamiento —balbuceaba la pobre mujer.
Allí estaba el hombre. Era capaz de pensar que no la había complacido nunca. No. Jamás. Apenas un detalle de nada, cuando iba al vivero, porque le gustaba mucho la chica que despachaba, y le compraba una planta para que la cuidara muy bien como hacía con los hijos de los dos: tan cariñosa, tan pulcra, tan decorosa, tan madre.
—¡Una santa! ¡Una santa es la pobre! —dijo él.
Federico y Herminia caminaban por el pueblo cogidos de la mano, como siempre, porque nunca se les había visto de otra manera; y la gente pensaba la buena pareja que hacían; lo bien que se llevaban; los tantos años de casados en plena armonía, felizmente casados, como no se cansaban de repetir.
—¡Qué envidia, madre! —dijo una mujer con cara de pena.
—El espejo nunca enseña su espalda, mi hija —replicó la madre.
—¡Una santa! ¡Una santa es la pobre! —dijo él.
Federico y Herminia caminaban por el pueblo cogidos de la mano, como siempre, porque nunca se les había visto de otra manera; y la gente pensaba la buena pareja que hacían; lo bien que se llevaban; los tantos años de casados en plena armonía, felizmente casados, como no se cansaban de repetir.
—¡Qué envidia, madre! —dijo una mujer con cara de pena.
—El espejo nunca enseña su espalda, mi hija —replicó la madre.