
(Escrito para CanariasAhora Radio y leído en su programa El correíllo el día 27 de octubre de 2009)
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Quería sonreír, pero no podía. Su cara dejaba traslucir un puñado de rictus hermosos, a pesar de tantas cicatrices recientes. En su silla de ruedas, giraba una y otra vez a lo largo de la habitación, de la alcoba que aún era de los dos. Un silencio pesado invadió la escena. Una mosca apareció de repente queriendo buscar la salida por la única bombilla que los alumbraba. Él, arrimado a la pared, con su cabeza gacha, no se atrevía a mantenerle la mirada, quizás mostrando su falta de valor. Entonces, ella se acercó mucho más, se puso bajo su cara, tomó sus manos y lo miró con serenidad, y con tristeza, tal vez con compasión, y le dijo: Vete si quieres, abandóname ahora si lo deseas, porque ya nunca podré ser la mujer que fui, pero al menos no te olvides de mis besos de enamorada. El telón cayó de repente, o fue la luz que el cobarde apagó antes de salir para no regresar jamás. Alguien escuchó un solo y tenue llanto en aquella ocasión, nada más, que después se repitió durante infinidad de años, siempre a la misma hora, con las campanadas de la medianoche.